Mañana de Navidad

 

Esta mañana he salido a caminar para bajar parte de los «excesos», no muchos, de ayer. Una mañana fría y con niebla en mi ciudad.
Parecía que la ciudad dormía y que yo sola era la que me había atrevido a salir a hacer algo de ejercicio. 
Como siempre me pasa, he sentido una mezcla de tranquilidad por la soledad de la caminante y de «miedo» por encontrarme sola por la calle. 
La niebla daba una sensación de bucólico y romántico, como de película Disney.

He empezado a encontrarme a personas que también había decidido salir a hacer ejercicio o, simplemente, se sentían en la obligación de sacar a pasear a su perro: corredores madrugadores, ciclistas, paisanos (como dice mi cuñado) con su mascota… Todo hombres.

Mientras iba caminando, también iba decidiendo la ruta. Siempre me pasa. He hablado por teléfono como una cotorra y, al finalizar, he decidido inmortalizar el momento para subirlo a Instagram. Del mismo modo lo he compartido con la familia y, en ese momento, después de la pregunta de rigor de mi madre»¿Dónde andas?», he decidido activar el GPS de mi móvil.

Instintivamente he decidido tomar un «atajo» que me lleva por debajo de la vía del tren. Un ruido me ha asustado, al ir yo pensando en mis cosillas. Un ciclista me ha adelantado. Mis sentidos se han agudizado, igual que Spiderman. Unos pasos y una respiración me han puesto en alerta. Tarda mucho en adelantarme. No te obsesiones. No viene nadie de frente. Sigo escuchando la respiración y los pasos a plomo. Un corredor me adelanta por fin. Cruzo la carretera. Decido ir por el parque donde jugábamos a rugby este verano. De frente viene un hombre haciendo eses. Lo reconozco. Alguna mañana cuando subía a trabajar me lo he cruzado. Sigo mi camino. De pronto me asalta la duda de la bifurcación. Veo la gente corriendo y caminando en las pistas de atletismo. Decido continuar por el camino más concurrido. Hombres corriendo, hombres en bicicleta, parejas de hombre y mujer caminando, mujer caminando, hombre y mujer corriendo, hombres caminando, hombre con mascota, mujer corriendo,…

Me doy cuenta que antes siempre salía a caminar o volvía sola de algún lugar y, en un rinconcito de mi mente, siempre había cierto temor. Hoy, sin quererlo, ese temor se ha hecho más grande y, de forma imperceptible, he decidido tomar determinadas medidas: activar el GPS, avisar a mi familia sutilmente por mensaje que he salido a caminar, escoger los caminos más concurridos, tener los sentidos más alerta… ¡MIERDA!

A pesar del temor, he recogido mi «miedo», mi «desasosiego», lo he metido en el bolsillo de mi cazadora y he salido. Porque el miedo se combate no parando.

Sí, somos amigos

Hace algunas semanas acudí a la boda de un amigo. Se trata de uno de esos amigos que no ves a menudo, pero que sabes que siempre estará (y viceversa: yo siempre estaré). Es una amistad en la que prima el cariño por encima de todo, a pesar del tiempo y la distancia. Muchas cosas y momentos hemos compartido. Risas, llantos, complicidad, fiestas, confidencias…
Y se casó. Esperó a encontrar a la persona adecuada. Y no se equivocó.

En esa boda me iba a encontrar a personas de siempre. «Las viejas glorias» me dijo él. Personas que ves de guindas a Pascuas y con las que intercambias, dependiendo del momento o la situación, un «hola» o algo más.

A esa boda iba acompañada (en realidad nos acompañábamos mutuamente) de mi mejor amigo. 
En la mesa del lugar donde teníamos el convite, después de un par de horas de conversación (minuto arriba, minuto abajo), tuve que escuchar la típica pregunta (o exclamación): «¡Ah! Pero ¿no sois pareja?».

Pues no queridas y queridos. No somos pareja sentimental aunque a tus ojos formemos la pareja más maravillosa del mundo mundial.

Y esa frase, o alguna parecida, la tuve que escuchar a lo largo de toooooooda la tarde.

Respuesta: No, no somos pareja; somos amigos desde hace un montón de años; nos conocemos demasiado; «paso palabra»; (silencio),…

¿Por qué resulta tan difícil entender que un chico y una chica puedan ser SÓLO amigos?

Nos han hecho creer que en estos casos una de las dos partes siente algo más hacia la otra. Debe ser así. Los chicos siempre quieren algo más, las chicas nos dejamos querer.

En este caso recuerdo una foto de Betacoqueta (@betacoqueta) con su amigo del alma compartida en Instagram donde hacia la misma reflexión.

¿Por qué no nos quitamos los prejuicios? ¿Por qué no liberamos nuestra mente y somos capaces de ver más allá, de sentirnos libres y no ser mal pensadas?

Sí, señoras y señores. Yo tengo un más-mejor amigo. Con él me enfado, discuto, con él comparto ideas a veces (otras no), me río y lloro, le escucho y al revés, con él converso en persona y digitalmente, en él confío hasta el infinito y más allá… Y somos un HOMBRE y una MUJER compartiendo amistad desde hace más de 20 años. 
Pero también tengo otros amigos varones con los que no hay nada sexual entre medias. Porque yo creo que puede haber amistad entre un chico y una chica.

Quitaos esa idea de vuestra mente calenturienta.

Evolucionemos.

Sí, somos amigos.

¿Por qué…?

¿Por qué me sucede esto a mí? ¿Por qué no puedo vivir con tranquilidad? 

¿Por qué?

Últimamente oigo mucho esta pregunta. Desgraciadamente no tengo una respuesta que dar, al contrario, la frustración me invade, al igual que la rabia. Lo único que me queda es alentar a la otra persona para que no decaiga y para que siga trabajando para salir adelante.

He comprobado, aunque no tengo un estudio sociológico oficial realizado, que cuando se trata de amores, siempre tendemos a pensar que hemos hecho algo y que nos merecemos lo que nos está sucediendo. La culpa, sí, la culpa es nuestra; a pesar de que la otra parte se haya comportado de forma rastrera o sea alguien tóxico para nuestra vida, siempre, siempre, pensamos que la culpa es nuestra por algo que hemos dicho o hecho.

En otros asuntos, en otras situaciones, aunque la culpa sea nuestra, se la echamos a los demás: se ha roto un plato porque estábamos armando y no teníamos cuidado, la culpa es de mi compañero de piso por no prestarme atención; me he dado un pequeño susto con el coche, ha sido el peatón por pasar cuando yo tenía prisa, aunque el semáforo se hubiera puesto en rojo para mí; me cuesta levantarme por la mañana, es por culpa del profesor o la profesora del gimnasio que me metió mucha caña a pesar de que yo me acosté a las tantas de la noche viendo una película; etc.

Pero cuando se rompe una relación, por los motivos que sea, tendemos a culpabilizarnos de lo que ha sucedido.

Resulta que él (y sí, uso el masculino, pero no genérico, que conste) es un cabrón que me ha estado haciendo la vida imposible, yo pienso que algo he hecho en otra vida para merecérmelo. Que él me persigue, me acosa, aparece cuando menos me lo espero, cuando tengo la guardia bajada; es mi culpa por salir de casa…

La culpa

Entre el por qué y la culpa, nos sentimos asfixiadas, intranquilas, inseguras, vulnerables, frágiles… Una culpa que nos han inculcado que es sólo nuestra. Una culpa que nos han dicho, sin decirlo con palabras, que tiene que ser así porque somos el «sexo débil». 

Durante años me sentí culpable porque mi relación, la más importante de mi vida, se había ido al traste. La vergüenza, en cierto sentido, me perseguía. El qué dirán mi familia, mis amistades, mis conocidos… porque me había quedado «sola» y tenía que sacar adelante una familia. 
He tardado algunos años en darme cuenta que la culpa, aunque se nos grabe a fuego en nuestra piel y en nuestra mente, debemos dejarla caer, dejarla resbalar como si estuviéramos impregnadas de aceite. 
La culpa que la historia y la sociedad nos ha dicho que nosotras tenemos que sentir, a pesar de que no hayamos hecho nada.

Una culpa que no deberíamos sentir cuando son otros quienes nos acosan, nos persiguen, nos violentan, nos controlan, nos agreden y nos tratan de dominar… Cuando son otros quienes consideran que somos menos y que no debemos compartir espacios en esta sociedad. Cuando son la minoría quién siembra el miedo y se apodera de nuestro aire para oprimirnos y no dejarnos respirar.

Por eso quiero decirte amiga: no, no es culpa tuya. No te avergüences, no bajes la cabeza. No. Tú no tienes culpa de nada. Es él quien debería sentir vergüenza por aprovecharse del miedo, de tu «vulnerabilidad» para sentirse «más hombre».



Días…


Días de descanso casi obligado. Días de no poner el despertador y dejar que el cuerpo establezca cuándo quiere amanecer. Días de paseo, conversaciones, mini-viajes, cañas sin tomar cañas, de saltarse la dieta y de mirar a los ojos a todo lo que sucede a nuestro alrededor. 

Días de desconexión. Días de relax. Días de no mirar la agenda y de no pensar en lo que deparará el lunes o aquello que queda pendiente de hacer. 

Días de disfrutar del manto blanco dejado por los temporales. Días de respirar hondo y llenar los pulmones de algo puro; de limpiar los ojos de lo cotidiano; de mirar por dónde caminas sin importar la meta. 

Días de desayuno prolongado gracias a una conversación donde hablas de todo y de nada. Días de charlas matutinas donde, en muchas ocasiones, desnudas el alma para sentir alivio, entregando una parte de ti sin tabúes.


Días donde las mañanas se prolongan y las noches llegan trayendo el agotamiento adormecido de días anteriores. 

Días que comienzan con energía y ganas. Días de acompañamiento, de compartir experiencias, opiniones, pensamientos, sentimientos, virus…

Los días pasan y, a veces, si no paras, no te das cuenta de lo que tienes alrededor. 

Hay días que son mejor olvidar; otros días pasarán a la historia de nuestra memoria como los mejores momentos, que quedarán grabados y nos sacarán una sonrisa aunque no tengamos ganas. 

Hay días anodinos, pesados, cansados, estáticos, insulsos… Pero forman parte de nuestra vida y de nosotras.

Días al fin y al cabo.


Club de las 25 y maldita tesis. O viceversa

27 de noviembre de 2017. 

Esta fecha quedará grabada en mi mente para siempre. Ese día, ¡por fin!, tuve la suerte de defender la #malditatesis a pesar de todos los obstáculos que me pusieron durante 4 años. Tuve la gran suerte de poder contar, en el último año y medio, con una directora de tesis MARAVILLOSA, comprometida, disciplinada, cercana y auténtica. Una MUJER como la copa de un pino (como se suele decir coloquialmente). Soledad Murillo ha sido mi ÁNGEL de la guarda, mi LUZ en este túnel que se me hacía cuesta arriba; y como le he dicho (y escrito) más de una vez, ha sido mi SALVADORA. Si no hubiese sido por ella, el 27 de noviembre de 2017 hubiese pasado por mi vida de forma anodina y yo hubiese tirado todo el juego de toallas en el 2016, abandonando mi investigación y mi tesis. 
Podría haber sido una investigación y un estudio mejor, lo sé. Pero hemos hecho lo que hemos podido, y más, en este corto período de tiempo.

Ese día, la naturaleza quiso que yo estuviese catarrosa (los nervios, el estrés), pero la química farmacéutica ayudó a que no se me notase mucho. Estuve rodeada de mi familia y amigos (faltaron personas cercanas, pero las circunstancias, hay ocasiones, en que juegan malas pasadas); pero quienes faltaron sé que estuvieron en espíritu conmigo y me dieron fuerzas para no decaer y mostrar a las miembros y al miembro del Tribunal mi ilusión, mi compromiso, mi experiencia y mi saber.

El 27 de noviembre de 2017 fue un día completo. Defensa de la tesis. Ágape con el Tribunal, directoras y familia. Descubrir que el parking de la Complutense es barato (jajajajaja). Relax. Y, por último, acudir a una entrega de premios muy especial: los que otorgaban las del «Club de las 25» a distintas mujeres relevantes en la lucha feminista por la igualdad.
Las premiadas eran desde Concha Velasco, pasando por Ana de Miguel, Nuria Varela, Margarita Robles, Leticia Dolera y, por supuesto, mi gran y admirada Soledad Murillo. (Había más).

Yo acudí al Palace de Madrid, cual paleta que llega a la capital desde el pueblo. No sabía si iba a desentonar en ese lugar tan famoso y con tanto nombre. Bueno, pues me sentí una «paleta» más, jajajaja. Tengo que reconocer que tuve que contener grititos histéricos cuando veía a alguien que admiraba o alguien a quien reconocía. ¡Bendito telegram! que me permitía compartirlo. Menuda brasa que le di a algunas personas.
Me senté todo lo cerca del «escenario» que me permitieron para que Soledad, después, no me regañara porque me dice que siempre me siento atrás. A veces la timidez y el querer pasar desapercibida me pueden, no puedo evitarlo. Me tuve que contener cuando delante de mí se sentó este hombre: mi admirado Baltasar Garzón que entregaba un premio a Asunción, la mujer de 92 años que ya pudo enterrar a su padre como se merecía. Correcto, tranquilo, sosegado, atento. Lástima que no se quedara al cóctel posterior.
Me sentía una fan total y absoluta al ver a un montón de personas que admiraba y de las que me gustaba su trabajo y/o su pensamiento (ideas). 

La emoción fue mayúscula cuando ELLA subió al escenario y habló como es ELLA: valiente, comprometida, sabia. Me emocioné cuando me vio desde el escenario y bajó a darme dos besos y un abrazo. Como es ELLA. Auténtica. Pero las lágrimas volvieron a aparecer sin cortarse un pelo, cuando después de la «foto de familia», ELLA bajó de nuevo, se acercó y me dio el abanico que le habían obsequiado porque quería que lo tuviera yo. Así es ELLA. Y yo, llorando a moco tendido. Me presentó después a Nuria Varela, con la que estuve hablando, quien se sorprendió que aquella misma mañana hubiera defendido mi tesis y estuviera ahí. Me anunció la nueva edición de su libro «Feminismo para principiantes» en versión novela gráfica (el próximo 15 de febrero sale a la venta) y ya hablamos de venir a Salamanca a presentarlo. Mi mente no descansa, no puedo evitarlo.

También tuve la suerte de hablar con Ana de Miguel, quien no estuvo en mi Tribunal de la tesis por problemas documentales y de tiempo. Fue una lástima, la verdad. 
Tengo que decir que tanto Nuria Varela como Ana de Miguel son dos mujeres humildes, generosas y cercanas. De las que aprendes escuchándolas. Tienen tanto que decir y enseñar.
También subió al escenario a recoger su premio, leyendo unas palabras de Simone de Beavoir, Leticia Dolera. Soy mega fan suya. Mi hermana me pidió una foto con ella y se la pedí. ¡Qué valiente con sus palabras! Qué coherente, qué comprometida, qué implicada. 
Me siento identificada con ella porque, como quien dice, hace poco que ha entendido qué es esto del feminismo y lucha por estos ideales. A mí aún me queda mucho por aprender (sigo en ello), por leer y por investigar.

Fue una fiesta donde había grandes referentes del feminismo más o menos conocidas. Mujeres famosas en distintas disciplinas: periodistas, profesoras, actrices, estudiantes…

Posteriormente, alguna de ellas (no de las premiadas) me sorprendieron en un programa de TV entrevistando a una joven ilustradora con sus palabras y discurso. Pero eso es para otro post.

Tengo que agradecer a mi amigo Amílcar por regalarme la oportunidad de codearme con todas estas mujeres que son mi referente, por permitirme compartir momento y espacio con mi querida Soledad, por estar siempre y por remover cielo y tierra para que no decayera.

Este espacio también es para dar gracias, de nuevo, a toda mi familia (y amistades) por apoyarme y no dejarme caer cuando todo lo veía negro. ¿Qué haría sin todos/as vosotros/as? 

Sin vuestro empuje el 27 de noviembre de 2017 habría sido un día más en mi vida.

Las palabras pesan

Ayer pensaba y reflexionaba sobre el peso que tienen algunas palabras. 
Ya he sido consciente de la importancia que tienen, lo necesario que es nombrar algo para que sea reconocido y aceptado, para que exista al fin y al cabo.
Pero ayer, en los segundos de descanso entre tecla y tecla, conversando con amigos, tratando de que la congoja y la tristeza no se adueñaran de todo mi ser, fui consciente del peso que algunas palabras tienen sobre las personas. Como son capaces de aplastarte sin piedad  y hacerte sentir pequeña, frágil, débil…

Por ejemplo, cuando nos engañamos, y nos engaña la sociedad, porque tenemos que buscar nuestra media naranja porque si no lo hacemos, no seremos seres completos y felices. Mentira. 
¡Cómo pesa la palabra solterona! Por ejemplo. Pero la sonrisa que se te pone cuando dices: es un soltero de oro. ¿Qué diferencia ahí entre ambas personas? ¡Ah, sí! Que una es una mujer y el otro es un hombre.

Cuando el hombre le dice a su pareja que ahora la «ayuda» con una tarea doméstica. Esa «ayuda» significa que el peso de las tareas del hogar lo tiene la mujer y es su responsabilidad. Esa «ayuda» deja de lado la corresponsabilidad para seguir fomentando los roles de género que nos diferencian a hombres y a mujeres.

Y todas esas palabras que acaban con la coletilla «la naturaleza es sabia». Pero, como me dijo ayer un amigo, «también es muy cabrona».