Identidad

Las cosas cambian. Lo sé. Es algo que está bien y es necesario. No lo pongo en duda, al contrario, estoy totalmente de acuerdo.

Pero, en ocasiones, esos cambios no aportan nada, no provocan mejoras, sino que consiguen que se pierda la identidad.

Según la RAE, la identidad es el conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracteriza frente al resto. Es la conciencia que una persona o colectividad tiene de ser ella misma y distinta a las demás.

La identidad cultural es el conjunto de manifestaciones socio-culturales (creencias, tradiciones, símbolos, costumbres y valores) que provee a las personas que conforman una comunidad de un sentido de pertenencia y comunión con sus pares. Es una forma de identificación colectiva.

¿Por qué cuento esto?

Este viernes santo volví a madrugar, después de tres años, para acompañar en la salida de la procesión de nuestra madrugá a la cofradía a la que había pertenecido durante años, de la cual me desvinculé hace unos veinte. A pesar de ello, sigue formando parte de mi historia de vida y tengo gratos recuerdos, además de muchas anécdotas que recordar y contar.

Tres años sin verla, recordaba. De hecho, mucho más tiempo sin participar del silencio, el recogimiento y la belleza de algunas de las procesiones de mi ciudad.

Yo digo que tengo un trauma. Aunque también puede ser que todo evolucione y que mi tiempo ya pasara.

Pero este viernes acompañé, volví a revivir, lloré de emoción y asistí, perpleja, a esa deriva que está tomando y que hace que la identidad de parte de nuestra cultura se esté perdiendo.

Sobriedad, silencio, respeto. Creo que son algunas de las características que podrían definir a nuestra madrugá y que he comprobado, este año, que se pierde.

No creo que sea tanto una cuestión de fe, como una cuestión de la pérdida de la identidad por tratar de parecerse a la Semana Santa de alguna ciudad que está más al sur de nuestro territorio peninsular.

Nunca había visto tanta mantilla junta, tanta mujer joven con tacones imposibles para andar durante 5 horas por calles unas veces empedradas y otras asfaltadas.

Pérdida de cofrades que acompañan a las imágenes que han extraviado la sobriedad castellana y que fluctúan entre el oro y la plata, tratando de copiar a otras zonas más folclóricas.

Tallas de siglos que sufren percances semanas antes de salir en procesión y que tienen que guardar reposo para ser restauradas y que vuelvan a lucir lustrosas y magníficas lo más pronto posible.

Pasos cortos y palios que se mueven de forma desvencijada, provocándome una congoja aun sabiendo que no se saldrán del sitio y que todo seguirá el orden marcado.

Pasos cortos como un baile agotador al compás de una música que no hace justicia a una imagen que ha perdido el verdor característico, dejando transitar a un mar de plata que inunda todo el paso.

Pasos cortos y parones interminables que hacen que el recogimiento se salte por la pesadez de la espera.

No perdamos nuestra esencia, aunque evolucionemos.

Recomendación musical: “La saeta” interpretada por India Martínez

Pegamento

Existe una psicóloga bastante mediática que habla de las personas vitamina. Rodéate de ellas, te dice. De hecho, hasta tiene un libro donde habla de las mismas.

Pero, yo quiero hablar de las personas que son pegamento. De aquellas que son capaces de unir a gente tan dispar que te puede parecer hasta normal esa reunión, la confraternización. Personas capaces de conectar y hacerse un hueco allá por donde van, siendo personas auténticas, cercanas, amables, buenas…

Afortunadamente, he conocido a una persona pegamento. La he tenido en mi vida hasta hace bien poquito. Y ahora se ha quedado pegada en mi corazón y ocupa un lugar especial en mi mente.

Él era el gestor, el organizador; un ser diplomático con mano izquierda que sabía cómo sortear, torear y acercar a las personas de distintos ámbitos, sabía cómo tratarles, cómo escucharles, cómo acercar posiciones aunque, después, en las distancias cortas y con las personas de su equipo, de su familia, pudieran salir sapos y culebras de su boca.

Era un ser humano y, como tal, las cosas le removían, le pesaban, le cansaban, le afectaban. Pero te lo decía con un tono de voz tranquilo y sereno, aunque notaras que, por dentro, estaba hirviendo.

Pero es nuestra persona pegamento. Era ese tipo de persona.


Un trabajador incansable al que le tenías que decir que bajara el ritmo porque quería llegar y estar en todo, sin delegar o delegando lo justo y, a veces, no lo necesario.

Recuerdo que en nuestras conversaciones, cuando me decía que le podía la migraña, que le dolía la espalda, que estaba hasta arriba… cuando yo le respondía que tendría que bajar el ritmo, esas palabras me retumbaban en mi mente, como una goma elástica que hubiéramos soltado los dos a la vez y que me recordaba que yo también tendría que hacer lo mismo.

Consejos vendo, que para mí no tengo.

No sé la de veces que habíamos dicho que, cuando bajáramos el ritmo, cuando viniera tranquilamente a Salamanca, nos tomaríamos unas cañas (bueno, él, yo ya sabía que me decanto por el Trina de limón).

Recordando lo de bajar el ritmo, me viene a la mente mis propias palabras cuando he dicho a diestro y siniestro que, tras mi cumpleaños, reduciría el ritmo, descansaría, pues mi cuerpo lo estaba notando.

Pero no me has dejado.

En un giro de guión inesperado, has conseguido volver a juntarnos como la persona pegamento que eres (eras).

Tú siempre eras capaz de hacerte cientos de kilómetros para pasar unas horas con tu equipo de balonmano, con la cuadrilla en Irún o desconectar en Londres con tu compañera de vida.

También eres (eras) capaz de sacar tiempo para, entre informe e informe, memoria y memoria, proyecto y proyecto, organizar una quedada de arqueólogos y allegadas para disfrutar de cientos de historias, de cervezas, de risas, de excursiones… Tú tienes (tenías) ese don especial para agrupar a las personas, para unirnos, para crear y formar parte de un equipo humano.

En medio del caos por los incendios, en medio del mes de agosto que nos va anunciando el final del verano, nos has convocado a toda tu gente alrededor de unas cervezas para hablar de ti, recordarte en presente, porque creo que no asumiremos nunca tener que hablar de ti en pasado y que físicamente no te vayamos a volver a ver ni escuchar.

Nos dejas descolocadas, sonriendo al recordar esas anécdotas arqueológicas y esos viajes recorriendo España de norte a sur, de una punta a otra para combinar el trabajo y el placer, la amistad y el deporte. Porque en tu corazón cambían todas tus múltiples tierras.

Hablaremos de El Bierzo, del balonmano, de las calles de Irún, de las cañas en alguna terraza o en algún bar de la tierra charra, de tu amor por el pueblo y la comarca, de La Ramajería, del patrimonio cultural y arqueológico…

Seguiré anotando, en la libreta imaginaria, los múltiples temas de conversación que nos quedan pendientes, el proyecto de didáctica al que le tenías tantas ganas y para el que no encontrábamos el tiempo y/o el momento para sentarnos y planificar.

Me quedaré con las ganas de seguir trabajando contigo, mano a mano, con mi grupo de arqueólogos de Red Cultural del que estoy tan y tan orgullosa.

Nunca olvidaré cómo llegamos a conectar sólo conociéndonos por lo que nos podía haber contado una persona que tenemos en común. Tampoco olvidaré cómo siempre estabas dispuesto a echarme una mano en el trabajo (y fuera de él), cómo eras capaz de plantearme retos que sabías que llevaría a cabo porque me encantaba (y encanta) enfretarme a ellos; nuestros piques graciosos y las disputas por nuestro «niño» del que teníamos la custodia compartida.

Gracias por ser, por estar, por ser esa persona pegamento tan especial, por tus abrazos de oso, por tus risas contagiosas, por escuchar y por hablar, por ser capaz de crear grupos y conectar a tantas personas.

No te podré dar nunca un punto violeta, porque eres (eras) una persona comprometida con todo aquello en lo que creías, una persona íntegra, con valores de comunidad, escucha, cuidado, comunicación, solidaridad, generosidad, trabajo, entrega… Tu corazón es (era) mucho más grande que tú y eso se notaba.

Querido Señor Duque, querido jefe, hoy y siempre estarás en mi corazón, en mi recuerdo y en el de tanta gente.

Nos volveremos a encontrar y departiremos con una cerveza en la mano.



Guadiana

Una mala jugada del destino ha hecho que nos volvamos a encontrar sin la posibilidad de la existencia de un diálogo fluido y el intercambio correspondiente de abrazos intensos.

Algo o alguien ha hecho un trato con quien porta la guadaña para que te vayas con ella igual que hace casi 24 años ocurrió.

La vida y sus jugarretas.

En algún lugar he leído: se muere una vez, pero se vive todos los días.

Eso nos toca a la que gente que nos quedamos aquí: seguir viviendo y apoyándonos porque tu marcha ha sido demasiado prematura y sorprendente.

En cualquier lugar donde hubiera alguien hablando en grupo se escuchaba lo mismo: otra vez igual, es increíble.

A nadie nos parecía real, aunque todo estuviera lleno de flores, aunque en la sala se escucharan llantos y suspiros.

Te has marchado, pero dejas cientos de recuerdos coronados por tu amplia sonrisa y tu energía.

Aparecías y desaparecías cuándo y cómo querías, sin dar explicaciones. Pero cuando lo hacías, era como si no hubiera pasado el tiempo entre abrazo y abrazo.

La vida nos había llevado por caminos diferentes, por ciudades distintas.

Pero, hasta en la ciudad más grande, la casualidad hacía que nos encontráramos.

Nos quedarán, en el cajón de los recuerdos, en el corazón y en la mente, esas conversaciones veraniegas de adolescencia, esas peleas por leer el primero el siguiente capítulo de una historia que no vio la luz, esas convivencias con guitarra al hombro y risas por doquier, esos paseos por Madrid poniéndonos al día sobre nuestra nueva faceta en la vida, esas cenas en locales calurosos en la Salamanca de julio, esas conversaciones incómodas que sacaban una sonrisa y subían los colores, …

Te apodé el Guadiana porque aparecías y desaparecías.

Te extrañé hasta cuando hubo malentendidos que no se desliaron, sino sobre los que dejaste correr un tupido velo para no verlo más, como si no hubiera pasado nada.

Te extrañé en la distancia, aunque no lo dijera y te extrañaré hasta cuando no lo diga.

Resultará raro no felicitarte y escucharte decir: dentro de nada te toca a ti, pequeña. Y responderte: pero tú siempre serás mayor que yo.

Querido amigo, tú estarás feliz, allá donde estés, iluminando la estancia con tu eterna sonrisa y vigilando a todas las personas que has dejado aquí.

Harás frente común con el rubio que te ha estado esperando y disfrutaréis de las vistas, haciendo que vuestros seres queridos noten vuestra presencia.

Te quiero, mosquetero.

Te quiero, amigo.

Dejar

Mucho tiempo sin pasarme por aquí.

Demasiado, tal vez.

Pero como dice un amigo: la vida nos arrolla.

Ha sido una temporada larga de muchos desafíos, retos, tener la mente a mil cosas, todo daba vueltas y que, aunque pretendía estar bien, sólo lo lograba a veces, aunque sólo fuera por un período corto de tiempo.

Doy gracias por la gente que tengo a mi alrededor que es familia porque, sabiéndolo o sin saberlo, eran mi norte.

Mi madre siempre me dice que me lío en cientos de cosas.

Tiene razón. Pero si yo elijo liarme es porque creo que esas cosas me harán bien o porque tengo fe en aquello que voy a hacer.

Siempre me implico. Me guste o no.

El mes de mayo ha sido un mes de tomar decisiones. Pero decisiones de las que eres consciente, no de ésas que las tomas sin querer, por desidia (ahí también estás decidiendo). Ha sido un mes de dar vueltas y más vueltas, de hablar siempre de lo mismo, de escuchar opiniones, de ver miradas de preocupación que no se traducían en palabras que lo expresaran.

Ha sido la primera vez que, por decisión propia, tomo la decisión de dejar un trabajo.

Pero, ¡estás loca!

Seguro que piensa alguna persona.

Pues sí, prefiero ser una loca cuerda que es fiel a algunos principios, que trata de cuidarse (he tardado en darme cuenta de la necesidad de hacerlo) y que antepone su propio cuidado antes que al trabajo.

¡Qué valiente eres!

Dirán otras personas.

Quizás, tal vez, puede ser. No lo tengo claro.

De lo que sí estoy segura es de que ya no podía más. Que prefería la incertidumbre de qué pasará, a seguir sufriendo la presión diaria (incluso en fin de semana), las malas maneras, las mentiras, los obstáculos impuestos, las reuniones que no eran tales…

He aguantado más de un año y medio en un proyecto en el que creía (y creo), en el que he encontrado a personas maravillosas a pesar del machismo imperante, en el que me he demostrado que puedo coordinador y llevar un equipo como yo creo que debe hacerse (los resultados están ahí), en el que he disfrutado dando clase en el medio rural, en el que he descubierto nuevos lugares, en el que he trabajado «en el territorio», en el que he luchado por lo que creo que es justo no para mí, sino para mi equipo,…

Pero llega un momento en el que tienes que sopesar, tienes que poner en la balanza y decidir, aunque esa decisión te lleve a una incertidumbre.

No me arrepiento de «dejar». No echo de menos prácticamente nada de aquello. De vez en cuando voy a echar mano de un teléfono que tengo, pero que ya no sirve para ese trabajo. Pero se me pasa enseguida. Sigo en contacto con quienes merecen la pena. Han entrado en mi vida y en mi corazón. Tengo grandes recuerdos de risas, enseñanzas, viajes, lugares, mujeres, compañeras/os, retos, contactos…

De todo se aprende. Todo deja poso.

De vez en cuando, recomiendo «dejar».

Me amaré mejor al desnudo

Justo hace una semana, a estas horas (19.14) estaba terminando la presentación de mi segundo libro, «Me amaré mejor», en Espacio Intruso de Salamanca.

Fue un «desnudo» prácticamente integral en un encuentro íntimo con todas las personas que me quisieron acompañar esa tarde. Hubo sorpresas inesperadas que ablandaron más el alma y el corazón, lágrimas de emoción, de alegría, de recuerdos…

«Me amaré mejor» es un recordatorio para todas las personas pero, sobre todo, para mí misma de que no es más importante amar más, sino que lo conveniente es que nos amemos mejor, que nos queramos a pesar de todo.

Reconozco, y no me avergüenzo de ello, que lloré lo más grande delante de unas 30 personas conocidas, cercanas, amigas, familia…

De forma conjunta hice un repaso por distintas partes del libro, el cual recoge los artículos publicados en el diario digital Noticias Salamanca desde que comencé mi andadura en 2022 hasta febrero de 2023. Invité a todas las personas asistentes a que reflexionaran sobre algunos de los temas que trato en el libro:

«La importancia de los recuerdos» cuando se cambian las tornas y pasas de ser cuidada a cuidar con amor, dedicación, templanza (a veces), cariño, paciencia…

«Mamá», palabra tan hermosa y, a la vez, tan odiada cuando se escucha de forma incansable por casa.

«Mujeres» y «Te-tas» porque parece que damos miedo aquellas mujeres que alzamos la voz, que más o menos tenemos claro lo que queremos, lo que no queremos a nuestro alrededor, lo que ansiamos, lo que nos remueve, lo que apartamos… Porque el camino para reconocernos como seres humanos auténticos, capaces, dispuestos, con voz ha sido largo y tedioso, porque seguimos encontrando piedras en el camino que nos cuesta apartar, pero que lo conseguimos con esfuerzo, sudor, lágrimas y sororidad.

El capacitarte como mujer, el empoderarte y aprender a quererte mejor cuesta, porque nos han inculcado, desde antes de nacer, que no merecemos determinadas cosas, que no somos capaces de otras tantas y que nuestro camino viene marcado por lo que deciden los demás.

Pues esto se acabó. «Me amaré mejor» para ser yo misma, para creerme de lo que soy capaz y de lo que valgo, para confiar en todas las cualidades que las personas que me quieren ven en mí y que yo no soy capaz de ver.

«Me amaré mejor» está disponible en amazon, pero también podéis preguntarme por él en mis redes sociales.

Soy Castle, Richard Castle

Llevaba tiempo con ganas de escribir sobre esta serie.

Me encuentro viéndola de nuevo. Ahora, tal vez, de vez en cuando, haciendo un análisis (no muy profundo) sobre la imagen que se da en ella de diferentes temas.

Tengo que decir que es una serie, para mí, de entretenimiento, no para pensar y sacar punta (aunque lo hago, lo sabéis).

Nos encontramos a un protagonista que ha adquirido su fortuna escribiendo libros. Necesita una nueva inspiración para seguir escribiendo y decide tirar de absolutamente todos sus contactos, varones, para ser el perrito faldero de un equipo de homicidios de Nueva York.

Ella, Kate Beckett, es la antítesis: una mujer fuerte, que sabe lo que quiere, con sus traumas personales que sobrelleva, valiente, ambiciosa, segura de sí misma, que no se deja avasallar.

Él, es un escritor de éxito, mujeriego, que se vale del dinero y de los contactos para conseguir, entre otras cosas, sus caprichos.

Pero, finalmente, son capaces de complementarse y de trabajar juntos, en equipo. Cada uno aporta a la otra parte lo que necesita en cada momento. Él está al lado de ella (y de los otros dos compañeros) para apoyarla y ayudarla (en la medida de lo posible y, en ocasiones, estorbando más que ayudando, pero lo importante es la intención, ¿no?). Él la anima a ver los casos desde otra perspectiva para llegar a atrapar al malo/la mala. Ella es capaz de ser tajante con él cuando lo merece, de cortarle cuando se pasa, de pararlo en los momentos precisos, sin dejarse avasallar por ser un hombre.

Es curioso que cuando cambia la dirección de la comisaría y llega una mujer para tomar las riendas, no se hace llamar «capitana», sino que se hace llamar «Señor» y «Capitán». No sé si ha sido una traducción o realmente, en la versión original, no hay diferencia entre el femenino y el masculino. Dejando de lado esto, he de decir que me choca bastante que una mujer obligue a utilizar el masculino para dirigirse a ella en el trabajo. Quizás es que ella piensa que se la valorará, se le tendrá más en cuenta, se la juzgará menos si adopta, no sólo, la actitud de los varones en un puesto de responsabilidad, sino también el término.

Por otro lado, vemos el machismo puro y duro en las respuestas de Castle, Ryan y Espósito cuando hay delante una «tía buena» o cuando, por gajes del oficio, tienen que ir a un club de estriptis o un puticlub. En estas escenas asoman los rasgos neardentales de los hombres y es algo que tiene que soportar la Inspectora Beckett quien, en algún momento, les tiene que parar los pies.

Podemos ver la evolución de todos/as los/as protagonistas en diferentes ámbitos. Vemos, quizás, como el protagonista, sin perder su esencia, se vuelve más entrañable, menos insoportable y como es capaz de dejar de lado sus propias «necesidades» para estar al lado de su compañera de forma incondicional.

También el papel de la hija de Castle es muy importante. Ella es la inteligente, la responsable, la madura y la adulta de la relación padre-hija. Se comprueba como ella pone cordura ante las ideas alocadas que quiere llevar a cabo su padre, aunque a veces se deje llevar por esas locuras inocentes. Es capaz de darle, también, otra visión, de demostrarle que va creciendo a lo largo de las temporadas y que tiene que dejar de tratarla como una niña (eso es imposible cuando eres madre o padre).

Si te paras a pensar, la mayor parte de las series de TV abordan el tema de la muerte violenta y dramática, como si fuese lo único que pasara en el mundo.

Nos lo tenemos que hacer mirar.