Hoy…

Hoy me he despertado con la noticia de que Jessica, la mujer de Elda, madre de un niño de 3 años, había fallecido finalmente. Su ex pareja había conseguido lo que quería: matarla. 

Hoy me he despertado contabilizando que son 44 mujeres las asesinadas por sus parejas o ex parejas en lo que llevamos de año, y aún queda mes y medio para terminar el 2017. 

He escuchado la noticia en la radio y los ojos se me han llenado de lágrimas.

De nuevo, me he vuelto a preguntar qué podemos hacer para que esto no suceda; qué medidas hay que adoptar para que estos seres no maten porque se sienten heridos en su orgullo o en no sé qué.

Hoy me da rabia todo y sé, que cuando esté ensayando la defensa de mi tesis, al llegar a un párrafo en concreto, me voy a emocionar hasta que las lágrimas se deslicen por mis mejillas.

Hoy, estoy más segura que nunca de que no podemos tirar la toalla y que tenemos que seguir luchando y educando conjuntamente, hombres y mujeres, para acabar con este problema social que está dejando a muchas niñas y niños sin madre (para mí el padre no cuenta, lo siento); los está dejando solas y solos, sin el cariño y el amor de quien les dio la vida.

Hoy estoy más convencida, a pesar de la rabia y de la ira que me come por dentro, que merece la pena confiar en ellos, porque aún hay hombres buenos (yo estoy rodeada de varios) y que ellos serán capaces de ponerse a nuestro lado, de dar discursos feministas que aboguen por la igualdad entre hombres y mujeres, de no callar cuando vean discriminaciones, agresiones o comportamientos sexistas que vayan en contra de las mujeres, ellos serán capaces de alzar la voz cuando nosotras no tengamos ganas o fuerzas y estarán a nuestro lado para empujarnos y apoyarnos cuando nuestras fuerzas flaqueen.

Hoy tengo más ganas que nunca de seguir educando, de seguir formando (y formándome), de seguir alzando mi voz para denunciar la violencia de género, las discriminaciones y las desigualdades que me rodean. 

Hoy, desgraciadamente, estoy segura de que nos queda mucho trabajo por hacer, muchas asperezas que limar, muchos argumentos que dar para que la #CifradelaVergüenza deje de existir.

44 mujeres asesinadas. 23 menores huérfanos. 7 menores asesinados.

¿Y aún hay gente que piensa que la violencia de género no debe ser cuestión de Estado? ¿Y aún hay personas que estiman que el machismo «no es para tanto»? ¿Qué el feminismo no es necesario?

Ayer me pasaban el hilo de un tweet donde un hombre enumeraba los asesinatos por violencia de género sucedidos desde 2005, comentando, al final del tweet, que no se dimensionaba igual la violencia de género que el terrorismo de ETA sufrido durante 42 años.
Los comentarios generados posteriormente no tienen desperdicio. Tanto de mujeres como de hombres.

Hoy tengo el cuerpo frío. Hoy tengo la mente que embotada. Hoy necesito un momento «kit kat» para tomar impulso y seguir.

Hoy.




Soledad

El sábado participé en la proyección del cortometraje Futilidad, el cual fue rodado en dos pueblos de Salamanca. En él se habla de dos tipos de soledad: la soledad de una mujer víctima de violencia de género y la que siente una mujer «mayor» que vive ella sola y está esperando la llegada de la muerte.
Son dos tipos de soledades que se unen por una característica común: es sufrida por una mujer. 

Una mujer asistente preguntó el motivo por el cual la soledad de la segunda mujer quedaba eclipsada por la soledad de la primera, aquella que sufre violencia de género por parte de su pareja. La verdad es que no reparé en que dejamos en un segundo plano la soledad de la mujer que espera la muerte. Yo iba como representante de Adavas Salamanca, me pidieron que hablara sobre la intervención en los casos de violencia de género y el corto lo vi con esa perspectiva. No reparé en que se le daba más importancia a una soledad que a otra.
Respondí a la pregunta de la mujer diciendo que ambas mujeres estaban unidas por la soledad, vivida desde dos puntos de vista diferentes. Pues en la violencia de género también hay soledad. ¿Por qué dos mujeres? Pues porque la mujer tiene mayor esperanza de vida que los hombres y, por ello, muchas mujeres, como se puede ver en las estadísticas, viven solas. 

Desde ese momento, el tema de la soledad volvió a mi cabeza.


Según la RAE la soledad es:
1. Carencia voluntaria o involuntaria de compañía.
2. Lugar desierto o tierra no habitada.
3. Pesar y melancolía que se sienten por la ausencia, muerte o pérdida de alguien o de algo.

Todo el mundo, en algún momento de su vida, ha sentido soledad. Hay quien teme a la soledad y trata de rodearse de mucha gente, de estar constantemente activo/a para no sentirse solo/a. 
Pero en muchas ocasiones no se trata, como dice la RAE, de la carencia voluntaria o involuntaria de compañía, sino de sentirse sola/o aún estando rodeada/o de personas.

En el siguiente reportaje, publicado en agosto de este año, nos hablan de la soledad de aquellas personas que tienen pareja, familia y amistades, pero que se sienten solas. Un sentimiento, desgraciadamente, cada vez más presente en nuestras vidas.


¿Qué nos está sucediendo? ¿Qué nos hace sentirnos solas/os?
En un momento social en el que estamos conectadas/os gracias a las nuevas tecnologías (redes sociales, mensajería instantánea, etc.), aumenta la sensación de soledad entre la población. 

¿Por qué sucede esto? ¿Estamos perdiendo habilidades sociales? ¿Nos estamos distanciando del resto de las personas? ¿Estamos bien con el modo de vivir que tenemos?

Pero, por otro lado, está la soledad forzosa.

La población española está envejeciendo a marchas forzadas. Estamos en un país viejo y, encima, a la población más joven la «estamos invitando» a que lo abandone, por lo tanto, la esperanza de nuevos nacimientos va en disminución. Con todas las implicaciones que esto conlleva.

Si la población mayor de 70 años cada vez es mayor y la esperanza de vida cada vez va aumentando más y más, la población que viva sola, también se incrementa. Por este motivo, se ha creado el programa «Adopta un abuelo(a)» que pone en contacto a la población joven con la no tan joven para evitar esa soledad.               https://adoptaunabuelo.org/
En Salamanca este programa ya se ha instaurado según informa la prensa local.


La soledad es nuestra fiel compañera. ¿Hay solución para esto?

Y después, ¿qué?

Y después de defender la tesis, ¿qué vas a hacer? Yo creo que es la pregunta que más veces me han hecho (junto con la de: ¿ya tienes fecha?) y que ya contesto de manera mecánica.

Aunque ya hablaré del proceso de realizar una tesis doctoral (de momento no la he acabado, así que el proceso sigue su camino), en este momento, no sólo las personas de mi entorno y conocidas me preguntan qué voy a hacer después, sino que yo también lo hago.

La lista de cosas pendientes por hacer que tengo en mi agenda va aumentando sin piedad. Me doy cuenta que en casa tengo que hacer «tal cosa» y, como me llevará mucho tiempo, lo apunto «para después de la tesis». 

Lo más importante de todo que he dejado para después de la defensa es recuperar mi vida normal en cuanto a la salud. Noto un cansancio físico y mental. El mental me repercute en el físico y parezco una abuelilla con los achaques normales de la edad. Alguien me pregunta y ya empiezo a enumerar todo aquello que yo noto que está mal en mi cuerpo. Lo dicho: una abuela (con todo el respeto del mundo). 


Creo que todas las personas que han realizado una tesis el deseo más importante que quieren cumplir cuando la acaban es tener unos días de relax. Esos días de descanso de no tener que preocuparte en cumplir plazos, en escribir, en maquetar; poder dormir más tiempo sin tener que pensar en que no se llega a la entrega, sin pensar en cortar, modificar, rehacer… El poder volver a la rutina de antes de comenzar la tesis doctoral.

Pero… y después, de después, ¿qué? 
Pues en mi caso, realmente no lo sé. Tengo que reconocer que tenía muchas expectativas puestas en la tesis, pero ahora me surgen las dudas, las inseguridades (así soy yo) y no tengo claro para qué me va a servir. No hago otra cosa que repetirme que para determinados puestos de trabajo se necesita tener el doctorado, que me abrirá otras puertas distintas a las de ahora, pero… la inseguridad está ahí, acompañada de la incertidumbre.
En realidad he podido descubrir que me gusta la investigación, que soy más rata de biblioteca (y de PC) de lo que realmente me gustaría, que me encanta la sociología y hacer estudios, pero que me falta una base firme y segura. También he podido comprobar que me gusta compartir estos conocimientos y, para ello, la docencia me encanta, pero no la tradicional, sino aquella que conlleva más trabajo para la persona docente: vídeos, lecturas, trabajos, ejemplos… En definitiva, más implicación y más compartir conocimientos y saberes. Pero también he descubierto que «sólo sé que no sé nada». Un problema a la hora de defender la investigación, pero en estos cuatro años también se me han creado inseguridades por la forma de desarrollarse todo el proceso doctoral.

¿Qué pasará después con esta humilde ratilla de biblioteca? Pues realmente no lo sé. Sólo espero que se me dé la oportunidad de cumplir mis sueños, que algo de estabilidad llegue a mi vida y que pueda continuar compartiendo mis conocimientos con todas aquellas personas que me quieran escuchar. Tengo claro que merece luchar por conseguir tus sueños, que no hay que tirar la toalla aunque las circunstancias vengan adversas. Reconozco que muchas veces yo he tenido ganas de hacerlo, y más en el último año, pero con la edad (lo dicho, abuela total) me vuelvo más cabezona y si por cabezonería acabé mis estudios universitarios, una tesis doctoral tampoco va a poder conmigo.

Ahora hay que terminar, disfrutar de ese momento, de esa paz que te tiene que envolver cuando terminas la defensa (con independencia de la nota) y disfrutar después de la compañía de tus personas cercanas que lo han sufrido a su manera, pero lo han sufrido. Cuando llegue el futuro, ya me lo plantearé.


Menos hablar y más actuar

El año pasado me quedé con ganas de participar en un Congreso que se realiza el Sevilla. De hecho, estuve viendo la posibilidad de marchar tres días, y así conocer mejor Sevilla, para participar en la parte presencial del mismo. Al final, por problemas económicos y por otros asuntos de agenda, me quedé en Salamanca.
Este año he decidido liarme a la cabeza (todo sucede cuando menos tiempo tienes, cuantas más cosas por hacer ahí y cuando tu agenda puede explotar en cualquier momento) y me he inscrito en la parte online (tuve que desistir de presentar una comunicación. El tiempo y mi cabeza no me da).

En consecuencia, soy una participante más del VIII Congreso para el estudio de la violencia contra las mujeres. Del riesgo a la prevencción. 

Llevo 3 días participando activamente (bueno, todo lo activa que me permite mi tiempo) en los foros creados. La verdad es que no doy abasto. Hay muchas líneas de discusión abiertas, mucha información que digerir, mucho que compartir.
Me estoy dando cuenta que siempre sucede lo mismo. Estoy en un congreso que, por lo que observo, mueve a mucha gente (no sé cuántas somos las personas inscritas en realidad). Hombres y mujeres (me encanta) discutiendo, hablando, conversando, compartiendo sobre algo que nos preocupa: la violencia de género, la violencia en definitiva y todo lo que la rodea y afecta. Pero somos eso, personas que ya tenemos una inquietud, que estamos sensibilizadas y que queremos cambiar la sociedad que nos rodea para que sea más igualitaria y no tengamos que lamentar asesinatos de mujeres ni de menores a manos de hombres que decían sentir algo muy fuerte hacia ellas.

En definitiva, y con esto acabo mi reflexión de hoy, ¿por qué no dejamos de hablar tanto y actuamos de verdad?




La capital y sus misterios

En cuatro años he viajado varias veces a Madrid para asistir a cursos, jornadas, solucionar asuntos de la tesis (ya escribiré sobre esto), impartir algún taller, tutorías… 


Nunca pensé que me llegase a sentir cómoda en esta ciudad. Caminar por algunas de sus calles más céntricas, orientarme al salir del metro (acompañada de mi mapa o preguntando a alguna persona perteneciente al servicio de limpieza), ir tranquilamente por el metro, como si tal cosa, guiar a personas de otros lugares tanto en la línea de metro como en la calle (¡en serio!). Me he llegado a reír de la gente que corría como una exhalación por el metro porque llegaba tarde a algún lugar y yo, tan feliz, a mi ritmo, con mi libro, mi tranquilidad y mi sonrisa boba. He llegado a ser guía de amistades que me han acompañado a Madrid. He abierto los ojos como platos para saber por dónde caminaba y quedarme con algún detalle para volver en otra ocasión. 


El Barrio de las Letras con sus pequeñas librerías; la Plaza de Callao, que no sé el motivo, pero me atrapa; el Jardín Botánico; Atocha con su Cuesta de Moyano; Plaza España con su mercado navideño (¿¿volveré este año??) y su Faborit en la esquina con Princesa; sus teatros: ¡qué risas con la Jaula de Grillos! ¡Emoción a raudales con El Rey León!; la Plaza de las Madres Descalzas con La Metralleta, parada obligatoria para descubrir nuevos cd’s y vinilos de segunda mano; Malasaña; las tiendas de cómics (perdición para quien yo me sé); Tetúan y mis amigas de Generando Igualdad; el Templo de Debod; el Caixa Forum; el Reina Sofía y su arte moderno incomprensible para mí; el Parque del Retiro; las múltiples librerías y tiendas de juguetes que son una debilidad; el barrio de Vallecas tan inmenso, igual que el barrio de Moratalaz con recuerdos infantiles y una tranquilidad que me encanta… Y la compañía: familiar y de amistad. 

Nunca pensé que cada vez que fuera por unos días, me iba a costar volver a mi ciudad. También es cierto que es un momento de «desconexión», hago un «kit-kat» en mi día a día para explorar y hacer una pausa y así tomar fuerzas. Recuerdo que no hace tantos años me negaba a plantearme viajar sola en el metro, visitar la ciudad por más de un día e, incluso, barajar la posibilidad de cambiar mi residencia a la capital por motivos laborales. Ahora, es una posibilidad más que no veo tan descabellada.

En breve cerraré una etapa que me hará plantearme multitud de cosas en poco tiempo. Tengo que dejar de sobrevivir para empezar a vivir. Cerrar una ventana y abrir una enorme puerta para que entré la luz del Sol a raudales durante el día y el brillo de la Luna por la noche.

Una vez terminada esta etapa, ¿cuál será la excusa para volver?

Érase dos veces…

En Facebook pertenezco a un grupo donde cada persona puede recomendar libros de literatura infantil y juvenil o solicitar ayuda para encontrar libros de una determinada temática. La verdad, tengo que reconocer, que este grupo es una perdición, una gran ayuda, pero una auténtica perdición. ¿Por qué? Pues porque mi listado de libros para comprar es enorme y creo que no voy a tener dinero suficiente para comprarlos todos. El problema también está en que hay algunos que quizás no quieras comprar, simplemente leer, pero que es imposible, pues en las bibliotecas (por lo menos en Salamanca) es difícil encontrarlos. Y lo siento, pero hay veces que la diferencia entre comprar un ebook y el libro en papel es tan irrisoria, que prefiero comprarlo en papel (soy de la vieja escuela, qué se le va a hacer).

Hoy os traigo la colección de libros «Érase dos veces…«. Una vuelta de tuerca a los cuentos tradicionales: Caperucita Roja, Blancanieves, La Bella Durmiente, Los Tres Cerditos, La Bella y la Bestia, La Sirenita, El Patito Feo…
En esta colección, sus autores, nos presentan una serie de cuentos donde evitan el sexismo, la discriminación y fomentan la igualdad entre los sexos, la tolerancia. 

Realmente son unos libros maravillosos para trabajar con la población infantil, y no tan infantil, una serie de valores que poco a poco se están dejando de trabajar en las aulas y en casa. Nos pueden servir de herramienta tanto para madres, padres y profesorado, un soporte para explicar conceptos tan importantes para evolucionar y educar.

Os recomiendo que no dejéis escapar la oportunidad de leerlos. A mí, personalmente, de los que he leído, me gustan más unos que otros, pero todos tienen un valor excepcional para acabar con los roles de género y los estereotipos que tanto daño están haciendo en la evolución de nuestras/os pequeñas/os.

Por ejemplo, la historia de Hansel y Gretel me encantó. Sólo os diré que la bruja no es tan mala como la pintan y que el hábito no hace al monje.