La taza

El relato que comparto a continuación lo escribí con motivo de la conmemoración del día de la Salud Mental y mi participación en el I Concurso de microrrelatos de la asociación de Salud Mental de Salamanca.

LA TAZA

Ella mira por la ventana sosteniendo la taza que ya está vacía. Recuerda que hace una semana el paisaje era otro y un escalofrío recorre su columna vertebral.

Se abraza sin soltar la taza. Esa taza que le trae recuerdos bastante dispares, pero, sobre todo, desagradables.

La taza era su refugio cuando quería gritar, pero no sabía hacer ruido y el grito se ahogaba en algún punto de su garganta.

Cierra los ojos y su cuerpo empieza a temblar. Se abraza con más fuerza y la taza cae al suelo, rompiéndose en mil pedazos.

Se queda inmóvil. Con los ojos abiertos contemplando, en realidad, la nada y sintiendo el roce de algún pedazo sobre sus pies desnudos.

Escucha el sonido de las llaves girar en la cerradura. Ella permanece inmóvil, respirando conscientemente. Tomando aire por la nariz, reteniendo unos segundos y soltando muy lentamente. Y así, varias veces.

Escucha pasos que se aproximan por el pasillo. Sigue respirando pausadamente, retomando un ritmo normal de pulsaciones.

– Ya era hora de que rompieras esa taza – dice una voz a su espalda – Te he traído otra.

Su hermana se aproxima a ella y la abraza fuerte por la espalda, dándole un beso en la mejilla que ella recibe con agradecimiento.

– Ahora traigo el cepillo y el recogedor – la vuelve a besar en la mejilla – Mientras, ve abriendo la caja y ves la taza que te he comprado.

Sus pasos se alejan después de dejarle la caja en la mano donde antes estaba la taza que se ha roto. Sigue mirando, por unos segundos, a la nada a través del cristal sucio de la ventana.

Ella desenvuelve el paquete y saca de la caja una de esas tazas con mensaje positivo. Se ríe. Se ríe cada vez más alto y termina explotando en una sonora carcajada que inunda toda la estancia.

– Sabía que te sacaría una sonrisa – le dice su hermana entrando en la habitación.

Ella se agacha sin dejar de sonreír y recoge los trozos más grandes de la taza antigua que se ha deshecho. Su hermana barre con determinación, sin dejar ningún trozo a su alrededor.

– Has tardado demasiado tiempo en deshacerte de lo único que no te permitía seguir avanzando. ¿Por qué has tardado tanto?

– Porque ahora sí era el momento – la mira con los ojos llenos de lágrimas – Porque ahora ya estoy preparada para continuar hacia adelante.

– Te quiero, hermana.

– Gracias por estar y no soltarme.

– Sabes que siempre.

Ambas se dan la mano y miran por la ventana hacia esa Nada que acoge a la luna llena más luminosa que han visto jamás.

– Te está alumbrando el camino, ¿no crees?

– Seguro que sí.