La espera

Aunque en mi cabeza llevo días pensando en el contenido del post, sabiendo sobre qué iba a escribir, hoy todo se ha dado la vuelta y no lo tengo tan claro.

El título no hace referencia a la canción que cantaba Sara Montiel «fumando espero, al hombre que yo quiero…». Tampoco hace referencia a la denominada «dulce espera»: la llegada de un bebé al mundo. Que de dulce, dulce creo que, en realidad tiene poca, pues todo son miedos, incertidumbres, malestares, agobios, controles, etc. Otra de las bucólicas ideas que nos han metido en la cabeza y que no es más que un mito.

Te pasas la vida esperando: al autobús, un beso que parece que no llega, las notas de los exámenes, el primer trabajo, la primera nómina, el trabajo de tu vida, a la pareja «perfecta» (ésa que no existe, pues tienes que buscar a alguien que te complemente, que te apoye, te ayude, te haga crecer…), a ahorrar lo suficiente para hacer el viaje de tus sueños, la llegada de un bebé, el abrazo de aquella persona que hace tiempo que no ves o que viste ayer, a que esa persona dé el primer paso para desenmarañar el lío creado por no recuerdas el motivo, la llegada de un correo (postal o electrónico), el momento perfecto para decir «te quiero», el momento adecuado para dedicarte tiempo a ti, a leer un libro, a comprar esa TV que tantas ganas tienes,…

Esperamos tanto, que perdemos mucho tiempo esperando y la vida se nos escapa entre nuestros dedos sin darnos cuenta.

Cuando te quieres dar cuenta eres una persona «anciana» entre 40-49 años y piensas: ¿Qué he estado haciendo yo durante este tiempo?

Muchos de tus planes los dejas para el momento de la jubilación. Y cuando te jubilas, la vida te depara una gran sorpresa que no te esperabas. Te da un zarpazo y te quita ese tiempo que tú creías que tenías.

El reloj de arena tiene un agujero por el que pierde parte de ese tiempo que no recuperarás. Cuando te das cuenta ya es tarde. Quieres darte prisa en vivir todo aquello que crees que te falta, que ansias, que deseas, que quieres… pero no tienes el tiempo suficiente.

Ya sólo te queda vivir esperando el desenlace final. Haciendo lo que tus escasas fuerzas y el escaso tiempo te permiten. Tú quieres arañar más tiempo, quieres recuperarlo, pero es tarde. Sólo te queda, esperar.

Interseccionalidad

En el 2018, justo un año después de defender la #malditatesis, se me presentó la oportunidad de realizar un curso, subvencionado (en parte) por la Comunidad de Madrid, sobre violencia sexual en el ámbito laboral. El lugar de celebración era la Universidad Rey Juan Carlos.

La verdad es que fueron 4 meses de viajes a Madrid para asistir a las clases, de agobios para presentar trabajos medianamente decentes, conflictos con las exigencias académicas, mini-debates, charlas, aprendizaje… Pero, lo mejor de todo fue el grupo de mujeres que conectamos y que seguimos en contacto para pasarnos información, ofertas laborales, etc.

En este curso, entre otras cosas buenas como volver a escuchar a Nuria Varela o Ana de Miguel, aprendí el significado de «interseccionalidad».

Quien acuñó este término fue Kimberlé Williams Crenshaw en 1989, definiéndolo como “el fenómeno por el cual cada individuo sufre opresión u ostenta privilegio en base a su pertenencia a múltiples categorías sociales”. 

Si consultamos la revista AWID, nos define la interseccionalidad como una herramienta analítica para estudiar, entender y responder a las maneras en que el género se cruza con otras identidades y cómo estos cruces contribuyen a experiencias únicas de opresión y privilegio.

Por tanto, el análisis basado en la interseccionalidad tiene como objetivo revelar las variadas identidades, exponer los diferentes tipos de discriminación y desventaja que se dan como consecuencia de la combinación de identidades.

https://www.awid.org/sites/default/files/atoms/files/nterseccionalidad_-_una_herramienta_para_la_justicia_de_genero_y_la_justicia_economica.pdf

Yo lo resumo de una manera más sencilla para que sea entendido: todas las personas estamos compuestas por diferentes circunstancias, características que nos definen, que nos hacen actuar de una manera u otra. Estas diferentes características y circunstancias hay que tenerlas en cuenta.

Un hombrecillo de 6 años ha dicho que todas las personas somos iguales aunque somos diferentes. (Diego)

El mundo está lleno de diversidad que enriquece.

Ayer tuve la suerte de «unir» dos países separados por kilómetros y por un océano. Impartí una charla-conferencia a la Coletiva Nísia Floresta de Natal de Rio Grande do Norte (Brasil).

Esta charla-conferencia es el claro ejemplo de lo positivo que tienen las redes sociales. Como a través de ellas pueden surgir cosas bonitas, a pesar del Covid-19; como las personas, en este caso grandes mujeres, se pueden unir y hacer actividades que conlleven aprendizaje mutuo, escucha activa, empatía, sororidad, todo ello con un objetivo común que es la lucha por los derechos de todas las mujeres y acabar con la violencia de género en todas sus expresiones.

En esta charla hablé de mi libro «Revictimizadas: migrantes y víctimas de violencia de género». Expuse cómo las mujeres migrantes en España son revictmizadas por el hecho de ser mujeres, migrantes, víctimas de violencia de género y, en algunos casos, por encontrarse en España en situación administrativa irregular.

Aunque ellas me dicen que contar conmigo es un honor, lo cierto es que yo estoy tremendamente agradecida porque me acojan en su Colectiva, que me den la oportunidad de unir dos culturas, de seguir aprendiendo de las mujeres latinoamericanas, de escuchar sus vivencias y experiencias y de buscar caminos para trabajar en red y de estudiar e implantar herramientas para fomentar la igualdad y acabar con la violencia de género en todas su formas.

Creo que podemos hacer cosas muy interesantes desde la Coordinación de Interseccionalidad y Diversidad (que yo coordinaré) y el resto de coordinaciones que tiene la Colectiva. La unión entre ambos países ya es un hecho. No dejéis de leerme porque avisaré.

¡VAMOS JUNTAS!

Series y más series

Una de las cosas positivas que ha hecho esta pandemia es que admire más la cultura en todas sus vertientes.

Creo que he leído más, he comprado más libros (la escasez económica ha hecho que sea mucho más selectiva con lo que compro), he escuchado música para hacer más llevaderos los momentos de estudio o de trabajo, he visto más películas y más series (gracias a las plataformas de pago y de no pago). No he ido más al cine y al teatro y, la verdad, lo echo en falta.

Llevaba ya, algunos años, acudiendo al teatro en Madrid (musicales sobre todo) acompañada de R. Este año las restricciones de movilidad y nuestra responsabilidad han hecho que nos saltemos la «tradición». Vendrán tiempos mejores. A pesar de todo, R. se está resarciendo y está aprovechando su descuento joven asistiendo a todas las obras que puede en su ciudad de estudio.

Hoy, en esta mañana lluviosa de domingo, vengo a hablaros de 3 series de las que seguro habéis leído por redes alguna que otra crítica.

Empiezo por la última que acabo de ver.

«Emily en París».

Una joven estadounidense sueña con ir a París, lugar emblemático de la moda, el romanticismo, a trabajar. Su sueño se hace realidad y tiene que convivir en una ciudad que la enamora, pero en un lugar de trabajo donde su nueva jefa parece que no la acepta como ella quisiera, acostumbrada a caer bien a todo el mundo.

El mundo de la moda, el marketing, las relaciones personales en un país extraño, el amor, el sexo, el sexismo, el machismo…. Se dan cita en esta serie. Emily da su opinión norteamericana sobre la moda, sobre la visión de la mujer en el medio audiovisual… Trata de que las cosas cambien, a pesar de encontrarse con la reticencia de su nueva jefa. Las cosas no se hacen de la misma manera en París y en Chicago. Ella logra salir airosa de todos los obstáculos y conflictos que se le plantean. O no.

Abrirse un hueco en la ciudad del amor, aprender, vivir… Eso parece que es lo que quiere conseguir Emily alejada de la comodidad de su ciudad natal.

Se ven los estereotipos que «caracterizan» a los franceses; la lucha de Emily por mostrar una imagen de la mujer menos sexualizada en los productos que publicitan; lucha de la protagonista por romper con las tradiciones francesas en torno al flirteo…

Es una serie entretenida, divertida que une dos culturas.

«Los Bridgerton».

Esta serie me salía en recomendaciones, y ya le había echado el ojo, antes de que @lavecinarubia empezara a hablar de ella en sus stories de Instagram y nos deleitara con sus ingeniosos comentarios sobre el nuevo Duque «empotrador». No más comentarios señoría, jajaja.

En esta serie se nos muestra una sociedad inglesa del siglo XIX utópica, donde no existe la discriminación racial; donde una persona de raza blanca se casa con una persona de raza negra y no es la comidilla de la sociedad, ni se ve como algo extraño. Sólo tenemos que ver que la reina inglesa es negra.

Pero la sociedad que muestra nos enseña las reglas tan rígidas existentes entre lo que se espera de una mujer cuando es presentada en sociedad y lo que se espera de un hombre. Los estereotipos y roles están bien delimitados y encorsetan a ambos sexos.

La hermana de la protagonista quiere romper moldes, no se quiere casar cuando sea presentada en sociedad, sino que quiere vivir su sueño de escribir, aprender, ser independiente y libre. Su hermano, el segundo en la línea descendente, le encanta el dibujo, la pintura, pero no se atreve a hacerlo público.

La protagonista, Daphne, sabe que todas las miradas están puestas en ella al ser presentada en sociedad, pues debe casarse en esa «temporada» si no quiere dañar la imagen de la familia. Pero también quiere tomar las riendas de su vida, de alguna manera, decidiendo con quién casarse y, si puede ser por amor, mucho mejor.

La sociedad manda a estas niñas al matrimonio con desconocimiento. Nadie les habla de lo placenteras que pueden ser las relaciones sexuales, las cuales no son, únicamente, para tener descendencia (lo que toda mujer quiere en esta vida), que pueden leer y eso no es malo,…

En esa época no te podías quedar a solar con un varón porque eso mancillaría el honor de la familia, el cual debería ser restaurado mediante un duelo al alba, sin que pillaran a quienes se batían en duelo porque era ilegal.

El primogénito, varón, al morir el padre, cabeza de familia, debía hacerse cargo de la familia. No había discusión. Debía buscar, con cautela, una buena esposa y dirigir a la familia para que no se saliera del redil. Todo ello, dejando de lado sus verdaderos deseos y sueños. El arte es entretenido, es bueno, pero casarte con una cantante no está bien visto. Son demasiado libertinas.

La mujer no podía conocer varón antes del matrimonio, pero el hombre debía acudir a los burdeles para descubrir el placer del sexo porque es lo que se espera de él.

Aún me quedan dos capítulos, dos horas de serie, para terminar y ver en qué depara el momento de crisis en el que he dejado a los protagonistas.

No, no hablo del Duque. El adjetivo que ha usado @lavecinarubia creo que lo dice todo. Sólo diré que se muestra a un hombre (en las escenas íntimas) que se preocupa por que la mujer se sienta bien y descubra el placer por ella misma. Algo extraño en series y, más, en una ambientada en hace dos siglos.

«Little fires everywhere».

Ésta ha sido de las primeras series que he visto durante el confinamiento. Me llamó la atención el trailer y que una de las protagonistas fuera Kerry Washington.

La verdad es que al principio el papel de Kerry me confundía bastante. Pero era aceptable. Lo que me ponía de los nervios era el personaje de Reese Witherspoon. ¡UUUUUFFFFFF! Me sacaba de mis casillas: todo medido al milímetro, hija e hijo perfectos, hija pequeña a la que hay que atar en corto y manipular para que sea perfecta, trabajo perfecto, marido perfecto e impoluto. ¡Ufff! Lo dicho, irreal y que me ponía de los nervios.

Esta vida «idílica» contrasta con la vida que lleva el personaje interpretado por Kerry: cada pocos meses cambiando de ciudad o pueblo, todos sus bienes caben en un coche, se dedica al arte (fotografía, escultura…) pero tiene otros empleos para sobrevivir y mantener a su hija. Ésta acepta la vida nómada e itinerante hasta ese momento.

En esta serie se habla del concepto de familia, de que ansiamos lo que no tenemos y repudiamos lo que tenemos, de las relaciones madre-hija/o, de las relaciones marido-mujer, de la compra-venta de bebés, de la ética y la moral de esta práctica.

Y hasta aquí puedo escribir.

Disfrutad de la cultura que nos divierte y nos ayuda a abrir la mente.

Reflexiones lluviosas

Mientras me tomo un té, estoy sentada delante del ordenador, al lado de la ventana, viendo como llueve. Pienso que hoy, sí o sí, tendré que salir de casa para terminar mi mini jornada laboral acompañada del paraguas. Hasta el día de hoy me había librado de ese utensilio que siempre nos molesta, pero que necesitamos si no queremos caminar por la calle empapadas.

Durante la sesión de yoga matutina se me ocurrían frases que escribir en el post de hoy. Siempre me sucede en los peores momentos. Ley de Murphy suelen decir.

Normalmente soy de pensar, de reflexionar, pero esta pandemia está haciendo que mi Soledad y yo seamos convivientes obligados y que, en ocasiones nos llevemos regular. Esas reflexiones no tienen nada de positivo y la culpa es Suya.

En muchas ocasiones, la Soledad es autoimpuesta por responsabilidad, por coherencia, por precaución, por… En otras ocasiones la odio con toda mi alma y ella se ríe de mí desde el otro lado del sofá. No tiene piedad. Es rencorosa por todas las veces que la he apartado de mi lado cuando ella se aferraba a mí con insistencia.

Ahora se está tomando la revancha y, a veces, gana. Y se regodea. La muy…

La c****** se está instalando confortablemente a mi lado y no tiene intención de marcharse en mucho tiempo. Lo siento, lo noto, lo veo. Y la miro con odio, con rabia, con frustración. Pero no se da por aludida.

Ésta es la segunda semana que la noto tan pegada a mí como nunca lo ha estado la sombra de Peter Pan a él mismo. Me envuelve con su manto negro y enorme. Me susurra al oído que vamos a ser compañeras de piso durante mucho tiempo; más del que yo quisiera. Ella se ríe. Yo trato de ignorarla, ni la miro.

A pesar de que me gustaría «correr» (no en el sentido literal, bien lo sabe quien me conoce) por el monte, cuan cabritilla (como decía mi abuela), respirar aire puro, abrazar un árbol, mirar al cielo y «empaparme» de la tranquilidad de la naturaleza, ella me dice que no será posible, que aún tenemos que compartir mucho y que hay que hacer remodelaciones en esta casa que ahora compartimos.

Me niego. Aunque, a veces, cada vez más, las fuerzas flaquean.

Creo que tengo que cambiar de estrategia. Reflexionaré sobre ello acompañada por el sonido de la lluvia.

Libros y reflexión

¿Cuánto hacía que no os hablaba de un libro?

Que no lo haya hecho no significa que no haya leído. Unos cuantos han caído durante el fatídico 2020 y otros tantos tengo en mente leer este 2021 que ha empezado con fuerza.

Hoy os vengo a hablar de tres libros, tres, de la autora Raquel Díaz Reguera. Tres álbumes ilustrados que consideran infantiles, pero que yo considero que deben ser leídos por cualquier persona, de cualquier edad.

El primero de los álbumes que os propongo leer, primero de manera individual y después con un/a peque, es «Cuando las niñas vuelan alto«.

En él, Raquel describe lo que nos sucede a las niñas desde que nacemos (y a los niños, a su manera, también). Cuando somos peques tenemos unos sueños, saltamos, jugamos, brincamos… no vemos el peligro, somos seres inocentes. Somos tal cual. Según vamos creciendo la banda de «Don Noloconseguirás» empieza a hacer de las suyas y te va metiendo piedritas en tu mochila, zapatos para que no te salgas de la senda que la sociedad nos ha marcado.

El segundo de los álbumes es la continuación de éste. En «Las niñas serán lo que quieran ser«, Raquel aborda el tema del techo de cristal, o de hormigón, que nos encontramos cuando vamos creciendo. La banda de «Don Noloconseguirás» ha integrado a nuevos miembros, tan malvados como los anteriores. Pero no contaban con las alas tan maravillosas y potentes que tienen las protagonistas que se unen al resto de niñas para combatirlos y hacerlos desaparecer.

Por último, os muestro un álbum que ha salido «recientemente» de la imprenta: «El cofre de la amistad«.

En este álbum (en realidad yo lo catalogaría como un libro ilustrado por el número de páginas: 79 con ilustraciones maravillosas, cuentos, reflexiones…).

¿De qué tema trata? Pues de la amistad, por supuesto, y de los elementos que son necesarios para descubrir qué amistad es verdadera y nos hace bien y aquella que es interesada y que nos hace de todo, menos bien.

A través de un trabajo de clase, la autora nos anima a que encontremos las similitudes entre 10 objetos y la amistad.

Como personas adultas, también es necesario que nos detengamos a analizar qué entendemos por la amistad y a descubrir si las personas que dicen que son nuestras amigas, realmente lo son o no.

Los libros son algo más que una forma de entretenimiento. Nos ayudan a fomentar la imaginación, a reflexionar, a criticar, nos dan información, nos educan, nos ayudan a plantearnos, a cuestionar lo que nos rodea… También fomentan el diálogo en las familias.

No dudes leer en compañía. No dudes en ser un ejemplo.

Diario de una pandemia: 2020

Hace unas semanas me preguntaron si no iba a seguir con «Diario de una pandemia». Les dije que no sabía. Tal vez introdujese algún post con ese título entre medias de lo que escribiera, o tal vez no.

Nos encontramos ante el 30 de diciembre de un año que, aunque nos pese, nunca olvidaremos. Y aquí estoy titulando este post como «Diario de una pandemia…». Es el momento, aunque no queramos admitirlo, de hacer balance de lo que hemos hecho, conseguido, alcanzado, logrado y de lo que nos ha sucedido en este año que finaliza mañana.

Como ha dicho en alguno de sus tweets @farmaciaenfurecida, este 2020 hemos tenido tres meses: enero, febrero y COVID.

Hemos pasado del invierno, a poder a salir a la calle cuando empezaba el calor.

No tenemos que perder el sentido del humor a pesar de las circunstancias.

Es necesario hacer balance para sacar provecho de todo lo bueno y aprender de lo que no lo ha sido tanto.

Yo empecé el año habiendo tenido que tomar una de las decisiones más difíciles que he tenido que tomar a nivel laboral. Pero debía hacerlo si quería tener la oportunidad de encontrar algo mejor, por mucho que me gustara el «trabajo» que dejaba atrás. Pero no tenía ni idea de que meses después, por mucho que buscara, no me saldría la oportunidad porque todo se tambalearía, quedando paralizado prácticamente todo el mundo.

Pues bueno, entre hospital y hospital, llegó el momento del confinamiento, el aislamiento, las videollamadas, las series de televisión y películas, el ejercicio guiado a través de una pantalla, lecturas pendientes, aprender a tricotar con agujas de ganchillo, cocinar pan, bizcochos, pizzas… Pero también el momento de unirme a jornadas de formación, plataformas online y envío de cv. No todo iba a ser ocio en tiempo de covid-19. Ni mucho menos.

Verano de trabajo atípico en un pueblo cercano a Salamanca y siempre con mascarilla y gel en la mochila. Verano de calor, cansancio mental y distanciamiento social. Verano de restricciones y temores.

En resumen, este 2020, para mí ha sido el momento de valorar el derecho a decidir. Decidir qué hacer: quedarse en casa o salir, quedar con amistades o familiares o renunciar a las quedadas, estudiar esto o lo otro, apuntarse a esta formación o dejarlo pasar, enviar el cv a esta oferta, a esta otra o a las dos… Decisiones.

El covid-19 nos ha quitado la opción de decidir, de elegir, de seleccionar qué, quién, cómo o dónde de una manera libre.

Nos ha dado permiso para salir, pero cumpliendo sus condiciones. Si no lo haces, tienes muchas posibilidades de que te vayas derechita al aislamiento hospitalario o domiciliario. Palabrita de covid.

Ahora, en mi caso, cuando quedo con determinadas personas (un grupo selecto) las cosas han cambiado. Te ves con mascarilla, quirúrgica o no, mantienes las distancias, sin apenas contacto (imposible que las peques no te toquen, no te pidan que las cojas…), en lugar de quedar en tu cafetería favorita, prefieres optar por pasar frío al aire libre o en casa de alguien manteniendo distancia, con el gel cerca o lavándote las manos cada dos por tres.

Este 2020 echo en falta los besos, los abrazos, el ver las sonrisas dibujadas en vuestras caras, las peleas físicas que terminan en risas y dolores de barriga de tanto reír. Echo en falta el poder quedar libremente sin miedo a que nada extraño entre en mi cuerpo y pelee con mi sistema inmunológico. Echo de menos poder viajar a la capital y pasear por sus calles, ver a mi familia, quedar con mi prima para pasear por el Paseo Recoletos, ver las maravillas que las artesanas y artesanos hacen y querer comprarlo casi todo. Echo de menos tener la opción de decidir viajar un sábado o un domingo saliendo de los límites de la provincia de Salamanca sin el temor de que estás haciendo algo ilegal.

He añorado no poder salir de viaje low cost con mis amistades en el puente de «la Inmaculada Constitución». También he echado en falta todas las presentaciones de mi libro que han quedado pendientes, a pesar de que algo se haya realizado online; pero me gusta el cara a cara, el contacto visual sin tener una pantalla de por medio, el poder firmar libros mirando a la cara a la persona destinataria de la dedicatoria.

Nos las hemos tenido que ingeniar para estar presente, a pesar de la distancia física, al lado de las personas que queremos. La imaginación y el querer han ganado, pero siempre echamos de menos algo.

Este año pasará a los anales de la historia. Será estudiado por las generaciones futuras. Será analizado de una forma objetiva, espero.

Este año 2020 termina. Pero creo que no debemos poner muchas esperanzas en el 2021, sólo las justas, y no bajar la guardia.