Un lugar mágico

Según llegaba el mes de junio, pensaba que mi verano iba a ser atípicamente tranquilo. Y eso, en cierto sentido, me tenía preocupada y, por otro lado, estaba con la firme determinación de disfrutar del tiempo, del río, de la lectura o de lo que se terciara.

La actividad infantil en Vistahermosa habíamos decidido que, a causa del COVID-19, iba a ser «light». No queríamos tener problemas en este año que seguía siendo tan anormal.

Pero, al final, según iba avanzando junio, la cosa se empezó a liar bastante. Finalizar la ruta escolar, preparar el verano chancletero y pensar en el horario de trabajo de lunes a domingo.

Gracias al Grupo Red Cultural, y a su coordinador Javi (y todo este lío es consecuencia de mi amigo Ángel), me encuentro trabajando en un lugar mágico que me transmite mucha paz y tranquilidad. Aunque tengo que hacer kilómetros y kilómetros a lo largo de la semana, cuando llego y empiezo a preparar las visitas o los talleres, lo compensa.

Trabajar en El Bosque como guía y monitora me está dando la oportunidad de descubrir un lugar mágico e histórico que, a pesar de haber viajado en varias ocasiones a Béjar, no había descubierto en su plenitud. Mis compañeros/as arqueólogos/as quizás no piensen lo mismo porque su trabajo es distinto, pero para mí, este verano, está siendo bastante enriquecedor, agradable y mágico.

El verano pasado tuve la oportunidad de entrar en El Bosque, pero creo que no era el momento o no estaba dispuesta, con la mente abierta, y no lo disfruté tanto, no le vi el potencial, no vi su belleza.

Este verano es distinto. O yo me siento algo distinta. O quizás me hayan dado la oportunidad de descubrirlo y mirarlo con otros ojos. Su historia y los añadidos que me permiten hacer, «los secretos de los árboles» que habitan en El Bosque, valorar el trabajo de mis compañeros y compañeras e introducirlo en las visitas, escuchar las anécdotas que te cuentan quienes tuvieron la oportunidad de entrar en él hace años, ser creativa usando los objetos que la naturaleza nos proporciona…

Me encanta pasear por el lugar (aunque a veces sea un paseo rápido con la lengua fuera, escaleras arriba, escaleras abajo), escuchar atentamente los pájaros que se alejan porque ya saben que pronto muchas personas van a «invadir» su lugar de sosiego. Asustarme con una culebrilla que se interpone en mi camino (o yo en el suyo). Dejar que una mariposa descanse en mi pie mientras yo sigo estudiando y anotando. Ver las libélulas de un azul eléctrico que sobrevuelan el estanque a una velocidad increíble. Mirar al suelo y observar a las lagartijas de distintos tamaños escapando del sol. Los saltamontes que se camuflan a lo largo del camino. El sonido del viento que mece las hojas de los árboles. La imponente fuente que corona el lugar. El estanque que se asemeja, en pequeño, al estanque de El Retiro. Pasear por el jardín descubriendo rincones y espacios tranquilos que te aportan alivio y frescor ante el calor.

Escuchar el agua, para mí, es un elemento tranquilizador que me ayuda a calmar el espíritu, a calmarme en general. El agua la puedes escuchar en varios puntos de El Bosque sin poner, casi, demasiada atención.

El agua es el eje vertebrador del lugar, pero también motivo de disputa. Que el Duque, era mucho Duque, y aunque yo ahora lo cuente con un poco de humor, en aquella época supuso un conflicto enorme con la Villa de Béjar y su población.

Duendes, gnomos, hadas… son pobladores invisibles del lugar que me ayudan a crear un aura de magia que envuelve todo el espacio. También me ayuda a transmitir lo que siento por El Bosque a las y los más pequeños. El Jardín renacentista-romántico da pie a crear historias donde estos seres son los protagonistas. Ayudan a transmitir la responsabilidad de cuidar el entorno y más éste, que tienen cientos de años y de vivencias.

Es importante descubrir lugares como éste. Tenéis la oportunidad de hacerlo este verano. Yo os guío por él, os hablo de su historia, de las curiosidades que allí habitan, de sus árboles y plantas, de sus propietarios, os invito a que lo descubráis a través de los 5 sentidos en una experiencia sensorial espectacular.

A las y los peques también les invito a descubrir sus rincones a través de puntos emblemáticos en una búsqueda sin igual, a reconocer huellas de animales que habitaron o habitan por la zona y a crear a través de los elementos que la naturaleza nos proporciona.

¿Queréis descubrirlo? Sólo tenéis que llamarme para reservar: 635.64.44.78.

El Bosque no os defraudará, os lo aseguro.

Una semana…

He tenido la gran suerte de poder despedirme de ti. Sin palabras. Sólo con gestos. Pero, al menos, pienso que fue una despedida y traté de hacerte llegar lo que sentía y siento.

Esta maldita pandemia no nos ha permitido vernos todo lo que nos hubiera gustado o hubiéramos querido; pero, al menos, nos hemos visto. Espero que, a través de la mascarilla, pudieras sentir todo lo que mis ojos querían decirte y expresarte.

En los últimos años hemos compartido momentos y cada vez te encontraba más parecidos con el abuelo José Antonio. No sólo porque te gustaba tallar la piedra de Villamayor, sino por esas manos… Igualitas a las suyas. (Tu hermano el pequeño también las tiene muy parecidas, por no decir iguales. Los genes imagino). Pero también te encontraba parecido con la abuela Rosa, aquella mujer a la que tanto nombrabas y añorabas: ese gesto de tu mano apoyado en la frente, como pensativo/a, pero que, en realidad, era de descanso mental (creo yo).

No nos hemos visto todo lo que quisiéramos, se han quedado conversaciones en el tintero sobre ese libro-tesis que también es tuyo porque me apoyaste, me acompañaste, me abriste miles de puertas y ventanas. Siempre estaré agradecida por toda la ayuda, por alojarme en vuestra casa y hacerme más llevaderas las estancias en Madrid. Una ciudad que me enseñasteis a respetar y añorar. Ciudad a la que querías que volviera para quedarme y estar cerca. No sé si se logrará o si permaneceré en tu añorada tierra charra, pero cada vez que vuelva a Madrid, será un guiño hacia ti.

Recuerdo que al principio de este bicho que te ha llevado, hace 3 ó 4 años, no lo recuerdo bien, me decías, con cara de preocupación, que quien te preocupaba era tu mujer (mi tía) porque también, en ese momento, estaba pachucha. Pero al final, por quien debíamos preocuparnos era por ti. Tú, siempre tan cuidadoso con tu salud, fuerte, enérgico…

Pero siempre, siempre estarás con nosotras, con nosotros. Formas parte de nuestros recuerdos más preciados: esas Navidades cuando éramos pequeñas, la llamada de Papá Noel en casa de la abuela y el abuelo… O esas cenas en casa de tu hermana, a la que adoras y por la que siempre te has preocupado aunque no hayas dicho nada. Ese «tubito» siempre preparado en la mesa, mientras jugabais a las cartas o, últimamente, al «rummy», pero sin «tubito». La edad sería, o la jubilación…

Siempre recordaré (gracias a las fotos) esa última Navidad, o post-Navidad, que pasamos juntos, con la abuela, previa a la pandemia (quién nos lo diría), haciendo el bobo con tu sobrina-nieta mayor para quien eras el Tío-Yayo, los dos agarrados del brazo, entrando en el salón ante la atenta mirada de las más pequeñas de la familia. Fue de los últimos momentos que vivimos juntos. ¡Quién nos lo diría!

Hay multitud de momentos que se quedan grabados en la retina, en la mente y en el corazón. Desde mi infancia, siempre presente.

Recuerdos de cumpleaños, vacaciones de Navidad, bautizos, comuniones, vacaciones en La Alberca, «vacaciones» en Madrid… Siempre te tendré en mi memoria cantando a pleno pulmón: «tengo una virilidad, tú lo sabes muy bien, estás muy enterada….». Haciendo tuya una versión de un anuncio de TV de unas Navidades ya, bastante pasadas.

Te recuerdo sentado en una de las butacas del salón de la Facultad de Derecho de la UNED, escuchando, en primicia, lo que sería la defensa de mi tesis doctoral; ésa que me/nos costó tanto. Me acompañaste porque te hacía ilusión y yo no pude (ni quería) decirte que no. Y, días después, a pesar de tener a la abuelita ingresada, compartiendo esos momentos de tensión, de nervios, de emoción y de alegría con «mi» gente venida de Salamanca (y de Madrid).

Luego te acompañamos en la operación. ¡Cómo no iba a ir! Y unos días después, nos volvimos a encontrar en el acto de celebración de Doctorado. Estabas cansado, recién operado, pero ahí os reuní a los tres hermanos (y a la tía), comimos juntos, tranquilamente en casa y os dije que ya os invitaría en Salamanca. Pero no ha podido ser.

No han podido ser tantas cosas al final. Pero te tenemos presente, te añoramos, te queremos infinito y siempre, siempre, siempre estarás con nosotros/as, tu familia.

Afortunadamente, tengo otra estrella más en el cielo que me guiará en los momentos duros y que me alumbrará cuando haya alegrías que celebrar. Una estrella que se encuentra al lado de dos estrellas grandes, que son el abuelo y la abuela.

Te quiero tío Andrés.

Perdón

Este post lo tenía que haber escrito antes de terminar de ver la docu-serie de Rocío Carrasco, pero por diferentes motivos no ha podido ser.

Termino de ver ahora el capítulo 12 de este documental, serie… o como lo queramos llamar, donde ella, Rocío Carrasco Mohedano ha narrado todo lo que ha tenido que vivir, soportar y aguantar durante estos 20 años.

Este post se titula «perdón» porque, en primer lugar, aunque sé que no lo va a leer, quiero pedirle perdón. Y quiero hacerlo porque, como tantas personas, quizás, la he juzgado sin conocer toda la historia. Cómo la voy a conocer si a ella sólo la conozco por la prensa rosa, por ser hija de quien era hija y ya.

La imagen que yo me cree de ella es de una niña bien, que lo ha tenido todo, que era caprichosa, que cometió el error de unirse con este Ser y que luego, al cabo de los años, desapareció sin decir nada. Silencio.

Iba a decir que la consideraba una niña pija, pero no, porque como ella misma ha dicho en alguno de los capítulos de la serie, era bastante hippie. Pero los tenía bien puestos (o puede ser que le pudiera la cabezonería, el impulso y la juventud) y hacía lo que ella creía que tenía que hacer. Pero, a la larga, le ha salido caro.

Por el contrario, a pesar de que yo, como madre, no podía entender ese «desapego» con su hija y su hijo, nunca me ha gustado el «Ser». Siempre me ha parecido un personaje que se regodeaba de haber sido Guardia Civil, pero de cuyo cuerpo le hubieran echado si no se hubiera ido él, porque las debió de preparar bastante gordas, así que creo que no es algo de lo que deba sentirse orgulloso. Además, me parecía (y me parece) bastante rastrero y vergonzoso que su único oficio, después de pertenecer a la benemérita, haya sido hablar de su ex pareja, comercializar o mercantilizar a su hija y a su hijo, vender lo mal que lo estaba pasando por culpa de la bruja de su ex (calificativo que todo el mundo suele emplear para dirigirse a la otra parte con la que no ha acabado muy bien) y, para colmo, vender las lágrimas falsas que salían por sus ojos. Nunca me lo creí ni me lo creo ahora. No considero que sea un pobrecito, sino que todo lo tenía bien orquestado y pensado, y ha sabido sacarle partido. No le ha faltado pan que llevarse a la boca aunque nos quisiera vender lo contrario.

A las pruebas me remito.

Durante los 12 capítulos en los que Rocío Carrasco Mohedano ha contado su verdad «para seguir viva», he llorado, he reconocido todo lo que he estudiado y visto desde que soy consciente de la existencia de este problema social llamado «violencia de género». Pero también me he sentido muy identificada en su papel de madre.

Me he visto en ella cuando relataba todo lo que ha hecho en beneficio de su hija y de su hijo porque ella pensaba que era lo que tenía que hacer, que era lo mejor.

Porque que tú hayas roto una relación con tu pareja, con el padre (en este caso) de tu hija y de tu hijo, no significa que lo tengan que pagar ella y él; no significa que tengas que usarlos como moneda de cambio, como arma arrojadiza…

Porque que tú te lleves mal con el padre de tu hija o de tu hijo, no significa que lo tenga que pagar él o ella… Hay que hacer las cosas con cabeza, nunca «vomitar» con los/as menores toda la bilis que te provoca la otra parte, porque no tienen la culpa.

Y Rocío hizo lo que creía que tenía que hacer: nunca hablar mal del padre, nunca ponerles en su contra ni malmeter, poner las facilidades posibles, no manipular…

Pero que ella crea que es lo correcto, que está haciendo lo que debe hacer, no quiere decir que la otra parte haga lo mismo.

En pocas ocasiones se hace que las dos partes sepan diferenciar lo relacionado con la pareja y lo relacionado con su papel de madre/padre. En la mayoría de los casos, siempre hay una parte que no pone las cosas fáciles, que usa a las/os menores en su propio beneficio… Pocas personas tienen la cabeza tan bien amueblada como para hacer las cosas como se deberían hacer.

Pero siempre diré que un maltratador NO ES UN BUEN PADRE.

No he visto los debates posteriores al capítulo. No sé si los veré, sinceramente. Pero me aporta tranquilidad y seriedad saber que han participado tanto Bárbara Zorrilla como psicóloga, a la que conozco por la relación que nos une a ambas con Generando Igualdad, como Ana Bernal Treviño como periodista… Menuda la que les ha caído a cada una por redes sociales. Pero es necesario que en estos programas (y en otros) participen personas realmente expertas, que sepan de lo que hablan, y no meros colaboradores que dicen saber de todo, pero en realidad no saben de nada.

Rocío Carrasco Mohedano, de nuevo quiero pedirte perdón por crearme una opinión sin conocer toda la historia. Pero también quiero darte las gracias por hablar, aunque hayan pasado 20 años y los hayas pasado mal y en silencio, rodeada de tu gente. Nunca es tarde para denunciar y tus palabras ayudan mucho a que otras mujeres pongan nombre a lo que han sufrido o están sufriendo, a que busquen ayuda (no tiene que ser acudiendo a la comisaría o al cuartel), a que verbalicen lo que les pasa, a que saquen más fuerzas y rompan con esa relación…

Pero también, y creo que esto es muy muy importante, para que el resto de la sociedad se implique y pare los pies a aquellos que se sienten con total legitimidad para atentar contra los derechos de las mujeres porque se creen con todo derecho, con poder.

La espera

Aunque en mi cabeza llevo días pensando en el contenido del post, sabiendo sobre qué iba a escribir, hoy todo se ha dado la vuelta y no lo tengo tan claro.

El título no hace referencia a la canción que cantaba Sara Montiel «fumando espero, al hombre que yo quiero…». Tampoco hace referencia a la denominada «dulce espera»: la llegada de un bebé al mundo. Que de dulce, dulce creo que, en realidad tiene poca, pues todo son miedos, incertidumbres, malestares, agobios, controles, etc. Otra de las bucólicas ideas que nos han metido en la cabeza y que no es más que un mito.

Te pasas la vida esperando: al autobús, un beso que parece que no llega, las notas de los exámenes, el primer trabajo, la primera nómina, el trabajo de tu vida, a la pareja «perfecta» (ésa que no existe, pues tienes que buscar a alguien que te complemente, que te apoye, te ayude, te haga crecer…), a ahorrar lo suficiente para hacer el viaje de tus sueños, la llegada de un bebé, el abrazo de aquella persona que hace tiempo que no ves o que viste ayer, a que esa persona dé el primer paso para desenmarañar el lío creado por no recuerdas el motivo, la llegada de un correo (postal o electrónico), el momento perfecto para decir «te quiero», el momento adecuado para dedicarte tiempo a ti, a leer un libro, a comprar esa TV que tantas ganas tienes,…

Esperamos tanto, que perdemos mucho tiempo esperando y la vida se nos escapa entre nuestros dedos sin darnos cuenta.

Cuando te quieres dar cuenta eres una persona «anciana» entre 40-49 años y piensas: ¿Qué he estado haciendo yo durante este tiempo?

Muchos de tus planes los dejas para el momento de la jubilación. Y cuando te jubilas, la vida te depara una gran sorpresa que no te esperabas. Te da un zarpazo y te quita ese tiempo que tú creías que tenías.

El reloj de arena tiene un agujero por el que pierde parte de ese tiempo que no recuperarás. Cuando te das cuenta ya es tarde. Quieres darte prisa en vivir todo aquello que crees que te falta, que ansias, que deseas, que quieres… pero no tienes el tiempo suficiente.

Ya sólo te queda vivir esperando el desenlace final. Haciendo lo que tus escasas fuerzas y el escaso tiempo te permiten. Tú quieres arañar más tiempo, quieres recuperarlo, pero es tarde. Sólo te queda, esperar.

Maternidad

Llevo algunas semanas dándole vueltas a la idea de volver a escribir sobre la maternidad (sobre este tema ya he escrito dos post), pero no pasando de puntillas por ella.

Hace años ya que soy madre. He cometido muchos fallos, pero he tratado de hacerlo lo mejor posible. Aún sigo intentándolo.

A mi alrededor tengo a nuevas madres que luchan día a día por ser mejores como madres, olvidándose de ellas mismas, auto-exigiéndose más de lo que su cuerpo y su mente puede soportar. Olvidando que, ante todo y sobre todo, son mujeres, son personas que tienen sus virtudes, sus defectos, sus necesidades y que necesitan de momentos para ellas, para no olvidarse el motivo por el cual decidieron ser madres (entre otras cosas).

La maternidad supone una carga tremenda para nosotras. Aún en este siglo XXI en el que estamos sumergidas, a pesar de la pandemia que nos exprime al máximo dejándonos sin aliento, ser madre supone una carrera de fondo. Siguen pesando los estereotipos y los roles que nos hacen ir todos los días con la lengua fuera, abarcando más de lo que somos capaces de soportar, porque así nos han dicho que tiene que ser la maternidad, pero lo asumimos como propio, casi sin protestar.

Poco a poco, las mujeres influyentes-conocidas-famosas nos muestran la realidad de la maternidad; alejándose de la idea bucólica y romántica que flota en el ambiente desde tiempos inmemoriables: uno de los fines más importantes de las mujeres es convertirse en madres.

Pues no señoras y señores. La procreación no es un objetivo que tiene que tener toda mujer (o todo hombre). Pero a nosotras se nos sigue cuestionando, preguntando y empujando a una maternidad, a veces, no deseada. Porque la maternidad es un deseo, no una obligación o derecho.

Durante el embarazo nos cuestionamos porque engordamos o porque no lo hacemos, porque nuestro cuerpo pierde las formas y nos sentimos presionadas. Nos da miedo absolutamente todo: que no le llegue el alimento suficiente al bebé, que sea demasiado grande a la hora de nacer, que me duela absolutamente todo en el parto (como así es), que sea un parto largo, que al final me tengan que meter en quirófano, que el bebé tenga problemas, que…. Anticipación pura y dura.

Pero cuando ya tenemos a nuestro bebé con nosotras, esto no para. ¿Comerá lo suficiente? Es que no duerme y yo estoy muerta, no puedo con mi alma (pero no pido ayuda, eh, ¿qué van a pensar, que soy una floja y que no puedo?). No crece lo suficiente. ¿Por qué no me sube la leche? Es que si no le doy leche materna, ¿soy una madre horrible? Si me quedo dormida y el bebé está llorando o está despierto en la cuna, ¡ay, Dios mío, qué horror de madre soy! ¿Colecho o mejor en su cuna desde el principio? Uys, tengo la casa patas arriba, pero es que no me da el tiempo. No tengo echa la comida. No tengo nada en la neverar. ¿Y cuándo voy a comprar? Si es que con el bebé me da miedo ir al super por si se pone a llorar. ¡Ays, pero qué le pasa ahora! Si hablaras, todo sería más sencillo (o no).

Todas estas frases, preguntas, cuestionamientos… están en la cabeza de una mujer madre. En muchos casos, la maternidad está compartida con una paternidad, pero en nuestra mente esa ecuación parece que no es factible. De hecho, muchas de nosotras justificamos que lo hagamos nosotras todo:

– Es que él no sabe (¡coñe, y tú tampoco! Estás aprendiendo sobre la marcha).

– Es que se lo tengo que dejar todo preparado si quiero que la cosa salga bien. No, perdona, se lo tienes que dejar todo preparado para que salga como tú quieres que salga.

– Es que no les puedo dejar solos, acaban «discutiendo» (cuando la hija o el hijo es algo más mayor). Claro, tienen que habituarse el uno al otro/la otra. Si siempre han estado juntos y tú mediando, no saben cómo resolver los conflictos que puedan surgir. El padre también tiene que aprender, reeducarse como padre. No somos diosas, no somos seres perfectos, no lo sabemos todo. Ensayo, error. Ensayo, error. Y así hasta el infinito.

– Es que no come. Quizás sí coma, pero no lo que tú crees que debe comer. Quizás se sacia antes, quizás hay que espaciar las comidas, quizás tienes que estar en un ambiente más tranquilo y relajado, quizás… Quizás es el momento de involucrar a la otra parte y crear un vínculo.

Venga, ya, vamos a quitarnos esos ropajes antiguos con telas nuevas que nos encasillan, nos aprisionan, nos obligan a ser nosotras las «jefas en la sombra», las controladoras, las manipuladoras, las organizadoras, las amas de casa eternas, las educadoras familiares… Vamos a aprender a trabajar en equipo familiar, a compartir responsabilidades para llegar a la corresponsabilidad real y práctica (porque el ser madre y padre, en muchos casos, es una elección de dos personas, por lo tanto, es responsabilidad de dos); vamos a permitir que ellos (cuando compartamos la vida con un «él») también se equivoquen y vayan aprendiendo sobre la marcha, igual que lo hacemos nosotras; vamos a compartir la maternidad-paternidad para que no sea algo exclusivo de nosotras; vamos a permitirnos errar, llorar, «tener truenos en la cabeza», tener días buenos y no tan buenos; vamos a aprender a conversar, a compartir nuestros miedos y temores; vamos a ser responsables de lo nuestro sin temor al fracaso, sin culpa… Vamos a ser madres de verdad, no perfectas. Chicas, la perfección no existe y quien diga lo contrario… Oídos sordos.

Interseccionalidad

En el 2018, justo un año después de defender la #malditatesis, se me presentó la oportunidad de realizar un curso, subvencionado (en parte) por la Comunidad de Madrid, sobre violencia sexual en el ámbito laboral. El lugar de celebración era la Universidad Rey Juan Carlos.

La verdad es que fueron 4 meses de viajes a Madrid para asistir a las clases, de agobios para presentar trabajos medianamente decentes, conflictos con las exigencias académicas, mini-debates, charlas, aprendizaje… Pero, lo mejor de todo fue el grupo de mujeres que conectamos y que seguimos en contacto para pasarnos información, ofertas laborales, etc.

En este curso, entre otras cosas buenas como volver a escuchar a Nuria Varela o Ana de Miguel, aprendí el significado de «interseccionalidad».

Quien acuñó este término fue Kimberlé Williams Crenshaw en 1989, definiéndolo como “el fenómeno por el cual cada individuo sufre opresión u ostenta privilegio en base a su pertenencia a múltiples categorías sociales”. 

Si consultamos la revista AWID, nos define la interseccionalidad como una herramienta analítica para estudiar, entender y responder a las maneras en que el género se cruza con otras identidades y cómo estos cruces contribuyen a experiencias únicas de opresión y privilegio.

Por tanto, el análisis basado en la interseccionalidad tiene como objetivo revelar las variadas identidades, exponer los diferentes tipos de discriminación y desventaja que se dan como consecuencia de la combinación de identidades.

https://www.awid.org/sites/default/files/atoms/files/nterseccionalidad_-_una_herramienta_para_la_justicia_de_genero_y_la_justicia_economica.pdf

Yo lo resumo de una manera más sencilla para que sea entendido: todas las personas estamos compuestas por diferentes circunstancias, características que nos definen, que nos hacen actuar de una manera u otra. Estas diferentes características y circunstancias hay que tenerlas en cuenta.

Un hombrecillo de 6 años ha dicho que todas las personas somos iguales aunque somos diferentes. (Diego)

El mundo está lleno de diversidad que enriquece.

Ayer tuve la suerte de «unir» dos países separados por kilómetros y por un océano. Impartí una charla-conferencia a la Coletiva Nísia Floresta de Natal de Rio Grande do Norte (Brasil).

Esta charla-conferencia es el claro ejemplo de lo positivo que tienen las redes sociales. Como a través de ellas pueden surgir cosas bonitas, a pesar del Covid-19; como las personas, en este caso grandes mujeres, se pueden unir y hacer actividades que conlleven aprendizaje mutuo, escucha activa, empatía, sororidad, todo ello con un objetivo común que es la lucha por los derechos de todas las mujeres y acabar con la violencia de género en todas sus expresiones.

En esta charla hablé de mi libro «Revictimizadas: migrantes y víctimas de violencia de género». Expuse cómo las mujeres migrantes en España son revictmizadas por el hecho de ser mujeres, migrantes, víctimas de violencia de género y, en algunos casos, por encontrarse en España en situación administrativa irregular.

Aunque ellas me dicen que contar conmigo es un honor, lo cierto es que yo estoy tremendamente agradecida porque me acojan en su Colectiva, que me den la oportunidad de unir dos culturas, de seguir aprendiendo de las mujeres latinoamericanas, de escuchar sus vivencias y experiencias y de buscar caminos para trabajar en red y de estudiar e implantar herramientas para fomentar la igualdad y acabar con la violencia de género en todas su formas.

Creo que podemos hacer cosas muy interesantes desde la Coordinación de Interseccionalidad y Diversidad (que yo coordinaré) y el resto de coordinaciones que tiene la Colectiva. La unión entre ambos países ya es un hecho. No dejéis de leerme porque avisaré.

¡VAMOS JUNTAS!