Expresión

Expresión. Del latín expresssio, expressionis. Según nuestro diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, consiste en la acción de expresar.

Expresar. Del latín expreso. Claro. Manifestar con palabras, miradas o gestos lo que se quiere dar a entender.

A parte de este órgano tan «avanzado» en nuestro tiempo, tan progresista y para nada machista (a ver, momento de sarcasmo en modo ON), la acción de expresar un pensamiento, idea, opinión, aparece recogido en nuestro texto constitucional, reconociéndolo como un derecho que tenemos todas las personas que residimos en este, nuestro país, llamado España (dando igual si haces alarde o no de la bandera y del punto del país donde vivas).

Artículo 20 de la Constitución Española.

Es cierto que, como comúnmente se suele decir, ríos de tinta se han escrito en relación con el, tan manido, derecho a la libertad de expresión. Incluso algún famosete se ha visto entre rejas o ha emigrado a otro país por ampararse en este derecho y parte de la humanidad sentirse dolida por las declaraciones realizadas criticando algún hecho social o a algún organismo o representante gubernamental.

¿Dónde se encuentra el límite? ¿Dónde posicionamos esa delgada línea entre el derecho a la libertad de expresión y el derecho al honor y a la imagen?

No me voy a meter a hacer un análisis legal ni jurídico porque no me va mucho y éste no es el espacio. Esta labor se la dejo a otros u otras lumbreras que saben muchísimo más que yo de leyes. (A ver, aquí otro momento de ironía y sarcasmo porque normalmente quien opina no tiene ni idea del asunto).

Nunca pensé que mis ideas, pensamientos (que cada vez son más claros y profundos) y expresarlos abiertamente en público y en redes sociales me llevaría a una nueva visita a la oficina de empleo. Además, teniendo en cuenta que en ningún momento he expresado (bueno, ahora sí lo voy a hacer, pero a modo de ejemplo, no para llevarlo a la práctica) que ante determinados acontecimientos deberíamos salir a las calles, tomarlas por la fuerza y quemar contenedores y quitarnos los sujetadores como modo de mostrar nuestro rechazo y hacer frente a la opresión que llevamos años viviendo, pues no veo nada malo en mostrar mi descontento con lo que sucedió el domingo en mi comunidad autónoma. No. Esta forma no va conmigo. Quiero decir, la violencia no la contemplo como forma de conseguir las cosas. Soy anti-violencia. «Haz el amor y no la guerra».

Vamos a ver, queridas y queridos, que lucho desde hace años a favor de la igualdad y CONTRA cualquier clase de violencia que sufrimos las mujeres (física, sexual, psicológica, económica, contra nuestro cuerpo, etc., etc.), CONTRA el acoso escolar en cualquiera de sus formas, CONTRA el acoso sexual, laboral, etc. Me pone nerviosa y me llena de rabia cualquier tipo de violencia, cualquier muestra de superioridad y de abuso de poder. Me hierve la sangre a grados inimaginables.

A medida que he ido estudiando (sigo estudiando y formándome, a mi edad, porque no doy nada por supuesto y aprendido) e investigando, he tenido más clara cuál debería ser mi posición en esta sociedad ante determinados acontecimientos y situaciones.

Hay quien me define como una abogada (que no, que no ejerzo, soy licenciada en Derecho) humanista, a la que le mueve, por encima de todas las cosas, lo social (que no socialista, ojo). Ahí estoy yo cuando me necesitan dando apoyo, consejo y acompañando. Así entiendo yo que debe ser la sociedad. Así entiendo yo que debe ser todo lo social. Me implico, le pongo pasión, responsabilidad, ilusión, ganas. Si no fuese así, es que no creería en lo que estaba haciendo y lo haría como una autómata. Y perdonadme, pero tengo sentimientos, no soy fría y calculadora.

En todos estos años, y gracias a mi tesis doctoral, me he vuelto muy crítica, reflexiva, observadora (ya lo era). Pero siempre para sumar, para construir, para crecer. En ningún momento para echar mierda y poner la zancadilla. Trabajo desde siempre en lo social, pero eso no quita que «quien me puede dar de comer» no se lleve un «zasca» cuando hay algo que sé a ciencia cierta que está haciendo mal o que va en contra del beneficio social de las personas que formamos la sociedad, pero, aún así, pueda seguir trabajando con «ellos» (masculino genérico porque en determinados puestos siempre son hombres) y negociando, aplicando la diplomacia humanitaria que me enseñaron que hay que tener. Diálogo, pero sin dejarnos avasallar.

Queremos un mundo mejor (o por lo menos yo), no se lo vamos a poner fácil a quienes nos «mandan». Como sociedad tenemos que estar ahí para recordarles que si están donde están, es porque nosotras lo hemos «decidido».

La que se nos viene encima en Castilla y León es para mantenernos muy expectantes y no echarnos para atrás ni una miejita. Por una vez el foco (hasta ayer) estaba en nuestro territorio. No sé el motivo por el cual quien «ganó» el domingo salía tan contento después del varapalo obtenido. En el pulso de egos que tomó, ha perdido. Quienes han salido reforzados son otros que dan mucho, mucho miedo. Nos está queda todo muy bonito. Pero aquí seguiremos, al menos yo, luchando día a día. Sin descanso. ¿Tú qué vas a hacer?

La party

Teníamos las esperanzas puestas en que, en esta ocasión, la representación de España para Eurovisión fuese algo más acertada.

Tengo que partir reconociendo que no he visto ninguna de las galas, pero sí conozco algunas de las canciones que han participado (quizás las más afines, las que más me han llegado).

Yo, lo reconozco y no me cuesta nada decirlo, estaba con Tanxugueiras. Su canción (y su estilo), me parece que tiene esos componentes que son necesarios en la actualidad: volver a lo de siempre, pero dándole un toque moderno. Además, la letra de la canción me toca porque es un tema que llevo estudiando y trabajando desde hace años. «Non hay fronteiras».

A Rayden le sigo desde no hace mucho, pero sí el tiempo suficiente para haber escuchado bastante su repertorio. Me resulta «innovadora» su puesta en escena: rompiendo moldes, estereotipos… Los hombres también pueden (y deben) llorar y no hace falta ir a la «Calle de la llorería». Hacedlo en casa, delante de la gente,… No se os va a caer nada.

Rigoberta Bandini me la ha descubierto Henar (Buenismo bien) y mi hija. Y, claro, la canción en bucle. Es pegadiza. En mi opinión el mensaje es bonito y muy acorde a lo que está sucediendo en Instagram donde se nos censura a las mujeres algunas partes de nuestros cuerpos que son «más abultadas» que las de los hombres, en algunos casos. Creo que trata de otorgar a las mujeres el sitio que nos corresponde, poniendo en valor y hablando alto y claro de nuestro papel como madres (aquellas que queramos serlo y que podamos) y diciendo verdades como puños (como dirían mi abuela materna y mi madre).

Del resto de canciones he escuchado pinceladas, trocitos. Por ello, no opino.

Creo que la polémica no se debe centrar en la artista, consolidada en el mundo de los musicales, Chanel Terrero. Ni mucho menos. Condeno firmemente todos los ataques que ha recibido, me parecen deleznables e inapropiados. Como ha dicho David Amor en un storie de Instagram: ella es la intérprete, no la autora de la canción.

Acabo de escuchar la canción. He tenido que buscar la letra porque, sinceramente, no entendía casi nada de lo que decía. La puesta en escena y el tema, salvando las distancias, me han recordado a alguna de las actuaciones de Jennifer López que lo que busca es €€€€ y que la gente mueva el cuerpo sin pararse a pensar qué dice la canción. De verdad, no le encuentro enjundía a la letra, no le encuentro sentido, no le encuentro… Creo que ya estoy poseída por lo que llamo «defecto de profesión» y analizo casi todas las letras de las canciones.

David Amor seguía diciendo que había que analizar lo que ha querido la «casa» pública. Ha decidido que dos artistas como Tanxugueiras y Rigoberta Bandini, creadoras y compositoras de las canciones y que si llegaban a representar a España en el festival todos los ingresos irían para ellas, quedasen apartadas en favor de un producto comercial, cuyos beneficios económicos (dejando de lado la publicidad, etc.) no irían a la intérprete de la canción, sino que irían al equipo que ha creado dicha canción.

No estoy decepcionada ni tampoco me ha sorprendido en exceso el resultado final. Me da lástima porque hemos tenido la oportunidad de llevar al festival algo innovador, auténtico, genuino, nuestro… Y el jurado se ha decantado, obviando lo que el público quería, por lo comercial y que, lamentándolo mucho, creo (espero equivocarme) que no nos va a llevar a la gloria, sino que nos quedaremos como siempre y habremos hecho (perdón), habrán hecho pasar un mal rato a una actriz y cantante que no tengo la menor duda de que es maravillosa y una gran profesional.

Todo, absolutamente todo es política. Y si no es así, ya nos encargamos, o ya se encargan, de politizarlo. Nos da miedo llevar un mensaje reivindicativo, nos da miedo llevar un mensaje que sume y que reconozca la variedad de culturas y de dialectos que enriquecen España.

Pero con lo que me quedo es con la reacción de Tanxugueiras, Rigoberta Bandini y Rayden (sobre todo de las dos primeras por lo simbólico) de apoyo incondicional a Chanel Terrero. Eso es sororidad y lo demás… es lo demás.

Mujeres de luz

El mes de enero no puede finalizar sin que escriba un post. He borrado absolutamente todo lo que había escrito hacía más de 10 días porque ya no me apetece escribir sobre ello. Ha perdido todo el sentido.

Ahora quiero escribir sobre lo que he estado haciendo esta semana y durante el mes de diciembre.

2021 se ha caracterizado, otra vez, por el Covid-19. Yo, a pesar de todo, he estado trabajando. Trabajos de pocas horas algunos, otros en los que me he involucrado y he aprendido, otro en el que he disfrutado de la magia del paraje, de la compañía, del Duque… Se puede decir que he trabajado sin descanso durante el 2021 no sólo en cuanto a trabajo remunerado se refiere…

El mes de diciembre, por imposición, era mi mes de «vacaciones». Pero tampoco ha sido totalmente así. Se me metió en la cabeza, meses atrás, que tenía que volver a escribir un artículo (algo que había ido posponiendo porque no encontraba algo que realmente me motivara después de algunos «noes»). Seguiría con «mi tema»: mujeres migrantes. Pero le daría una vuelta de tuerca y me centraría en un lugar en concreto: el medio rural.

De este modo se fue gestando en mi cabeza qué quería conseguir con el artículo, cómo lo quería hacer, qué necesitaba… Volvería a las entrevistas personales. Volvería a realizar un estudio de campo como buena «no» socióloga que soy, jajajaja.

Así que… me puse manos a la obra. Necesitaba encontrar a mujeres migrantes. Y a eso me puse.

Desde mediados de diciembre, más o menos, hasta esta semana (me queda aún alguna entrevista por hacer la próxima semana) he estado entrevistando a un grupo de mujeres que residen en la provincia de Salamanca, y fuera de ella, para que me cuenten su visión de la migración rural.

Terminé la tercera entrevista pletórica, emocionada y con la sensación de que, si quisiera, podría escribir mi segundo libro. Pero decidí ir paso a paso y centrarme en redactar un buen artículo, publicarlo en una buena revista (si es feminista mejor) y después, ya se vería. Que aún estoy con los dolores posparto del primer libro.

Pero lo de esta semana… Lo de esta semana ya ha sido el culmen (y aún me queda por realizar una entrevista esta semana, más las de la próxima semana).

Luciérnagas en el bosque

Todas las mujeres que llevo entrevistadas son mujeres de luz. Tienen una luz especial. Como diría una de ellas, la primera a la que entrevisté, tienen un aura… que a pesar de todos los pesares, a pesar de sus vivencias regulares o malas, transmiten paz, generosidad, alegría. Pero también fuerza, entusiasmo, ganas de seguir adelante, de seguir aprendiendo, de dejarse sorprender.

Son mujeres que demuestran su generosidad, muchas de ellas, por aceptar participar en esta locura que se me pasó por la mente hace unos meses sin apenas conocerme o sin conocerme en absoluto. Por eso les estoy agradecida de corazón.

Son mujeres a las que no puedo describir sin quedarme corta. Escucharlas ha sido maravilloso. Compartir risas ante las ocurrencias, los comentarios, las vivencias, las anécdotas ha sido un bálsamo de tranquilidad. He salido de todas y cada de una de las entrevistas con un subidón tremendo, con una energía, con unas ganas de sentarme a escribir, a escribir y escribir. Pero también en la cabeza me daban vueltas y vueltas las ideas, las frases que me habían impactado más, las historias que me habían contado.

Son mujeres de luz porque la emiten sin quererlo. Porque comparten. Porque suman.

Cada una de estas mujeres es diferente, pero todas ellas son iguales a la vez. ¿Un sinsentido? No, es la realidad.

Gracias.

El tiempo…

En algunas ocasiones hablo con un amigo sobre la duración de los episodios de las series españolas. Él me dice que podrían aprender de las americanas, pues son capítulos de 20 ó 30 minutos. En España los capítulos suelen duran 1 hora.

Bien, pues he descubierto una serie española que le gustaría por la duración de cada capítulo: «El tiempo que te doy». Esta serie, creada por la actriz Nadia de Santiago, tiene una duración media de 12 minutos, aproximadamente. Lo que narra en cada uno de los capítulos te remueve, te hace pensar… y son tan sólo 12 minutos.

Esta serie toca el tema de las rupturas de las parejas. En concreto, de todo lo que acontece una vez tomada la decisión de romper: cómo lo vive, en este caso, la protagonista. Esos altibajos emocionales, ese silencio, ese echar de menos, esos recuerdos de lo vivido, esos momentos en los que te encuentras y no sabes… Esa esperanza de volver.

Pero, poco a poco, las cosas se van poniendo en su sitio. Y te das cuenta de que vuelves a tener sueños, que, aunque duele, ya lo hace menos.

De rupturas también habla Ana Bernal en el último de los artículos publicados en el diario digital Público. Ella escribe, como ya lo hizo en otra ocasión, de las rupturas sentimentales. De las primeras veces. De los inicios. De que no pasa nada por romper y reconocer que no se está bien en pareja. Como digo siempre, tenemos que estar bien, en primer lugar nosotras, para que ese bienestar se refleje en todo lo que nos rodea.

https://blogs.publico.es/otrasmiradas/55149/aprender-a-separarse/?utm_source=twitter&utm_medium=social&utm_campaign=web

Estar en pareja no debe ser una obligación. Tiene que ser una elección conjunta. No podemos obligar a la otra persona a estar con nosotras porque nosotras le seguimos queriendo o queremos aferrarnos a esa relación. Eso no es bueno para la pareja y, tampoco, para las hijas e hijos si existen. Es preferible estar separados para poder disfrutar de la maternidad/paternidad, pero también para redescubrirte en esa faceta «solitaria».

De eso trata «El tiempo que te doy». De eso trata, la vida. De descubrirte en nuevas facetas, de intentar y probar. Ensayo-error. Las rupturas no hay que verlas, como dice la periodista Ana Bernal, como un fracaso. Eso es un error que no nos permite avanzar. Las rupturas las tenemos que ver como una nueva oportunidad de buscar aquello que nos hace crecer como personas, que nos hace ser mejores, que nos hace ser felices. No nos tenemos que aferrar con uñas y dientes a aquello que sabemos, a ciencia cierta, que nos está carcomiendo, que nos está destruyendo poco a poco y que no nos deja ser feliz.

Cambiemos el chip y pensemos que también es bueno estar temporadas en soledad, descubrirte. Quizás, en esas rupturas encuentres nuevas cosas que te hagan realmente feliz y puedas lograr tus sueños.

Deseo que el 2022 os ayude a cumplir vuestros sueños en solitario o en pareja.

Gratitud

La semana comenzó con el final de un nuevo proyecto laboral que me ha reportado, aparte de muchos kilómetros en coche, conocer poblaciones de la provincia de Salamanca desconocidas, conocer a mujeres estupendas, divertidas, voluntariosas, maravillosas, con ganas de seguir dando caña, valientes, emprendedoras,… Además, he podido seguir poniendo mi granito de arena en la lucha por la igualdad. Se han generado debates maravillosos, intercambios de ideas, hemos filosofado, hemos bailado, hemos reído… ¿Qué más se puede pedir?

Y resulta que, el martes, al abrir el correo electrónico por la mañana, descubro un mail de mi queridísima María José, la trabajadora social de Insolamis, diciéndome que he sido nominada a los premios de voluntariado (#VoluntaS) que otorga el Ayuntamiento de Salamanca.

¡Qué emoción y qué alegría más grande sentí! Tengo que reconocer que estuve toda la mañana llorando.

Siendo sincera, no sabía en qué consistía esa nominación. Si era algo que ya estaba dado, si se elegía entre todas las nominaciones, si… Pero ya sólo el hecho de recibir ese mail y lo que me ponía mi querida María José… Y que viniera de Insolamis. ¡Cuánto les echo de menos! ¡Qué mal la pandemia!

Si hubiese podido decir unas palabras (19 nominaciones y teniendo en cuenta que no es una gala como los Goya, pues ya me imaginaba que no) hubiese dicho lo siguiente:

Este año ha sido un año bastante duro emocionalmente. Y no es sólo por la pandemia, por el Covid-19 y todo lo que conlleva. No. Demasiados duelos vividos y aún no superados. Demasiadas ausencias que pesan en esta mochila que llevamos a cuestas.

Gracias por esta propuesta y nominación. Gracias por acordaros de mí y la labor que he realizado. Gracias por todo lo que me habéis aportado, por vuestra simpatía y cercanía. Gracias por apuntaros a mis ideas un tanto «locas» y por aceptarme como «la chica de igualdad». Gracias por acordaros siempre de mí, tanto o más de lo que me acuerdo yo de vosotras y vosotros. ¡Cuánto nos queda por aprender juntos/as!

Esto me reafirma en mi propósito de seguir haciendo lo que hago; de seguir poniendo pasión en todo lo que llevo a cabo y en todo lo que creo. Me ayuda a creerme, de verdad, que valgo y que transmito toda la pasión, entrega, responsabilidad, paciencia, ilusión… que pongo en todo lo que realizo. Porque éstas son parte de mis características.

GRACIAS de corazón.

(Falta mi mamá que llegó más tarde y mi hermano que tenía compromisos familiares)

Y hoy, jueves, después del acto de entrega de estas menciones, premios o como lo queramos llamar; después de compartir este rato con gente querida y admirada, sigo con el firme propósito de seguir luchando por los valores y principios en los que creo, de seguir ayudando a quienes lo necesitan, de continuar colaborando con las entidades en la medida de mis posibilidades y de seguir queriendo a esta gente de Insolamis que forman parte de mi corazón desde que me abrieron las puertas de su centro. OS QUIERO y os echo de menos.

https://twitter.com/aytoSalamanca/status/1466385735217467395?t=KnYwJWU0LFAQ_MIW5j3OUQ&s=19

El embarazo. El parto

Soy fan de la serie «Madres» que se puede ver en Prime Video. Considero que es una buena serie donde se aborda el rol de las mujeres como madres, lo que nos supone esto, lo que nos han dicho que significa, lo que la sociedad y la historia nos han contado que debemos hacer cuando nos convertimos en madres por convicción, porque es lo que toca o porque nos dejamos llevar y al final accedes a lo que se supone que tiene que ser otro paso más en la vida de toda mujer.

De forma secundaria se habla del papel del hombre como progenitor. Nos muestra los roles adquiridos en esta sociedad que aún sigue siendo patriarcal: sustentador del hogar, ocupando el espacio público, sin demostrar sentimientos, anteponiendo su trabajo, su vida a todo lo demás; porque ya está la madre para sacrificarse, renunciar, cuidar y ocuparse de todo lo relacionado con las criaturas que son responsabilidad de ambos, pero que la cultural patriarcal ha dicho que es tarea sólo de nosotras.

Tercera temporada de «Madres». Podría parecer que se está alargando la cosa en exceso (como dice mi madre), pero en esta temporada nos muestran el concepto de madre «moderna». Digo moderna porque se convierten en madres en el siglo XXI, cuando, en teoría, hemos avanzado mucho en materia de igualdad, las peticiones del feminismo están obsoletas y nos quejamos, las mujeres, por puro vicio.

Gracias a todos estos años de estudio, de lectura sobre feminismo (y lo que me queda), de investigación, de reflexión, de conversaciones… he sido capaz de identificar situaciones, una en concreto, sin necesidad de que el guión me lo dijera. Además, en cierto sentido, pude verme reflejada en la historia de Raquel (coincidencias, destino o casualidad): una madre primeriza que quiere vivir su parto soñado y, a la que, todo se le tuerce y se convierte en un ser que ni merece ser oído ni al que se le permite hablar.

En esta temporada, en otros temas, se aborda el tema de la «violencia obstétrica». Ésta se define como las prácticas y conductas realizadas por profesionales de la salud a las mujeres durante el embarazo, el parto y el puerperio, en el ámbito público o privado, que por acción u omisión son violentas o pueden ser percibidas como violentas. Incluye actos no apropiados o no consensuados, como episiotomías sin consentimiento, intervenciones dolorosas sin anestésicos, obligar a parir en una determinada posición o proveer una medicalización excesiva, innecesaria o iatrogénica que podría generar complicaciones grave. Pero también se puede producir una violencia psicológica que se puede realizar, por ejemplo, dando a la usuaria un trato infantil, paternalista, autoritario, despectivo, humillante, con insultos verbales, despersonalizado o con vejaciones. («La violencia obstétrica: una práctica invisibilizada en la atención médica en España», Javier Rodríguez Mir y Alejandra Martínez Gadolfi).

Es tu cuerpo, tu embarazo, tu futura/o pequeña/o, tu parto… y no te tienen en cuenta, no te informan, no te explican los pasos a realizar, las consecuencias… y, en ocasiones, te conviertes en un «mono de feria», sin pedirte permiso, para un grupo de estudiantes.

Viendo estos capítulos en los que se trata de este tipo de violencia tan invisibilizada (más que otras violencias sufridas por mujeres) fui consciente de mi propio parto.

Una joven más asustada que otra cosa. Nerviosa. Expectante. Concentrada en la respiración para no sentir tanto dolor (nada de epidural, no entraba por la Seguridad Social, qué conste). «Disfrutando» de la habitación con vistas (ironía). Sentada en un sillón, espatarrá porque era como mejor se encontraba. Paseos desde las 4.00 de la mañana. Y después de unas 5 ó 6 horas, te obligan a tumbarte en la cama y ya no moverte más hasta el momento de caminar hasta el paritorio. Te atan (me vais a perdonar, pero hace 22 años yo me sentí así) a los monitores para «controlar» las contracciones y el latido del bebé. Entran en la habitación cada X rato (que se te hacen eternos) y te miran los centímetros de dilatación. Pasan las horas y los turnos (los 3: noche, mañana y tarde). Y te felicitan porque, tan joven, lo estás haciendo muy bien (no gritas, no lloras), no como las otras mujeres de otras habitaciones que las escuchas gritar de dolor, pero yo bien. Inspira por la nariz, expulsa el aire por la boca. Piensa en el objeto que has elegido en las clases de preparación al parto para relajarte (una manzana, sí, raro, lo sé). Respira cuando sientas la contracción. Dolores cada vez más y más intensos y pasan de ti. Con 8 ó 9 cm de dilatación desde hace horas. Al final sale la «bruja» que llevas dentro y das un ultimatum: o vienen a echarme una mano o sale ya, imposible contener las ganas de empujar.

Caminando hasta el paritorio. Túmbate. Empuja. Respira y empuja. La matrona/enfermera se sube encima de tu gorda barriga porque la/el bebé está tan bien dentro de ti, que ha decidido que no quiere salir. Sufrimiento. Lágrimas. Ahí ya sí hay gritos (me lo dice mi madre después). Y sale. Alivio. Llora (normal, con lo a gusto que se encontraba y tiene que salir a este frío mundo). La ponen en tu pecho. Sonríes. Tu bebé. Tu niña. Pero aún no se ha acabado. Falta la placenta. Un último empujón. Cansancio. Ahora queda coser. ¿Coser? ¿Cuándo me han hecho los cortes (episiotomía)? ¿Por qué? A dolor vivo. Ahí sí los gritos son enérgicos. Para. Cara de preocupación. Hemorragia. Llamada al ginecólogo de urgencias. Cara de fastidio (lo veo y eso que ni llevaba las gafas ni, por supuesto, las lentillas). Exploración sin ningún tipo de cuidado. Hay que parar la hemorragia porque si no se consigue, hay que ir a quirófano (habla al aire, a la habitación, a la matrona/enfermera). No, no. Quirófano no. Acción enérgica. Silencio por tu parte. ¿Qué ha pasado? Dolor. Dolor intenso. Te muerdes los labios y te agarras al «potro de tortura». Contención de la patada que darías a ese hombre, que parece enfadado por haberle molestado en su guardia, con las pocas fuerzas que te quedan. Se marcha. Te quedas tumbada en la camilla aguantando el dolor. Ojos y labios cerrados con fuerza. La matrona/enfermera te lleva a la habitación. Te ayuda a cambiarte e inicia un monólogo quejándose de la actitud del ginecólogo. Tú sólo quieres tumbarte y descansar. Exhausta. Dolor.

Amnesia de algunos de los recuerdos.

Y, de pronto, viendo un capítulo de la tercera temporada de «Madres», te das cuenta que has sido víctima, hace 22 años, de violencia obstétrica y que tú no lo sabías hasta ahora. Y entiendes, en cierto sentido, lo que ha podido sentir esa mujer que está interpretada por una actriz y lo que han podido sentir cientos y cientos de mujeres que ven como su cuerpo cambia y sus hormonas se revolucionan y que, cuando llega el momento de parir, e incluso antes, nadie la informa y la tratan como un mueble bajo la frase «lo importante es que todo salga bien», actitud paternalista.

Sólo pedimos que se nos tenga en cuenta, que nos hablen, que nos cuenten, que sean seres empáticos en ese momento y siempre… Si te explican las cosas tú podrás gestionarlo de otra manera, sabrás cómo hacerlo. Si tú no cuentas en uno de los momentos más trascendentales de tu vida, ¿cuándo? Sigue siendo tu cuerpo.